viernes, 17 de junio de 2016

Diosa de la sangre

3

Aquel asesinato volvió a sacar a la superficie toda la credulidad de los habitantes de Riverhood. Durante una semana me topaba con LA mirada allí donde fuera. Nadie me dijo nada, tan sólo me miraban y murmuraban a lo lejos. A mi favor, se conformaban con poco…

Para terminar de rematar a los creyentes, faltaba una semana para el aniversario de la muerte de mi abuela. Mi madre estaba de los nervios, y hasta los topes de trabajo. Desde que mi padre se largó, ella hacía todo lo que podía para que no nos faltase de nada y lo conseguía con creces. Estaba a punto de que la hicieran socia en el bufete en el que trabajaba como abogada, y con aquel despliegue de medios debido al asesinato estaba desbordada. Habían encontrado culpable al padre de una compañera de instituto, Sarah Poland. Mr. Harvey estaba dándola unas clases particulares algo comprometidas, tal y como vaticiné. Pero eso no acalló los rumores y era obvio que a mi madre la estaba pasando factura.

Supongo que, por eso, cuando bajé a desayunar el sábado me llevé un gruñido a modo de saludo. Pero un gruñido en toda regla.

- Buenos días para ti también. -dije acercándome al armario para coger un bollo.

- ¿Ya vas a comer porquería?

Uuuh… Ya empezábamos.

- ¿Cómo va el trabajo?

- ¿Cómo crees que va, Ace? Tengo que representar un caso perdido mientras todo el maldito pueblo me señala con el dedo. ¡Y mientras tanto tú te pasas fuera todo el día! Hay cosas que hacer por aquí, Ace, la casa da asco. Yo me mato a trabajar para que no te falte de nada y tú eres incapaz de hacer algo por mí… Sólo alentar más y más rumores.

Cogí aire y decidí que aquella no iba a ser mi guerra. Con la dedicación de mi madre a su trabajo, yo era la que se encargaba de las tareas de la casa. Limpiar, cocinar, hacer la compra… Y he de decir que no se me daba mal. De hecho, había hecho limpieza general aquella misma semana con la esperanza de mantenerme ocupada y así no dar vueltas a los rumores, por lo que aquel “asco” al que se refería mi madre debía referirse más a mí que a la casa. Me guardé el pastelito en el bolso y la di la espalda para dirigirme a la puerta.
         
- ¿A dónde te crees que vas? ¡No hemos terminado de hablar!

- Yo sí, mamá. Yo terminé de hablar hace mucho.

Supongo que sobra decir que la relación entre mi madre y yo era, cuanto menos, tensa. Cualquiera pensaría que todo lo que tuvimos que vivir debido a mi abuela nos habría unido, pero la verdad es que hizo todo lo contrario. Mi madre nunca ha sido una mujer especialmente cariñosa o compasiva, algo que fue mucho más obvio cuando mi padre se fue. Yo tendría unos 9 años y recuerdo que se despidió de mí pidiéndome perdón con lágrimas en los ojos. Básicamente, no aguantaba más a mi madre. Siempre ha sido increíblemente fría y práctica. Su situación con mi abuela la llevó, no solo a no creer en leyendas, sino a no creer en absolutamente nada que no pudiese ver, oír o tocar. Para ella el amor era una cuestión puramente física, y nunca la he oído hablar de la religión sin un tono condescendiente en su voz. Y en algún momento aquella situación superó a mi padre.

Decidí coger el coche y acercarme al lago. Había un pequeño rincón al que me gustaba pensar que no iba nadie más que yo, aunque era consciente de que no era cierto. Pero cada uno se cree lo que quiere creer, yo de eso sabía bastante. 

Antes de montar en el coche, revisé el móvil: un mensaje de Ethan. Tenía una cita para comer que se alargaría hasta la tarde, así que pasaría a recogerme por la noche. No pregunté de qué se trataba porque sabía que no me haría falta. Fuese lo que fuese, me lo contaría después.


Casi sin darme cuenta, llegué al lago. Dejé el coche apartado para ir dando un paseo hasta mi rincón, aun canturreando la canción que había dejado sonando en la radio. Tardé unos minutos en darme cuenta del alboroto que parecía haber a mi alrededor. Los pájaros iban de un lado a otro, sin parar de cantar. Miré al cielo: los animales suelen reaccionar de forma diferente a los cambios climáticos. Seguramente se acercase una tormenta o algo por el estilo, no sería raro estando en plena primavera. Paseé tranquilamente durante un rato, hasta dar con la gran piedra que anunciaba el pequeño claro que estaba buscando. Estaba lo suficientemente cerca del lago como para escuchar el agua, pero lo bastante alejado como para que a nadie le diera por ir allí a bañarse. Un par de árboles daban sombra en una roca plana que era donde yo solía sentarme a leer, o simplemente a pensar. Y sí, muchas de las veces que me tumbaba a pensar terminaba echándome una siesta importante.

Una sensación me hizo pararme antes de llegar a la roca en la que planeaba pasar la mañana. Me parecía que no estaba sola. Seguí avanzando con lentitud, intentando convencerme de que eran paranoias mías debido al estrés de la última semana. Sin embargo, había acertado al pensar que no estaba sola. Bueno… más o menos.


En la roca me esperaba el cuerpo desmembrado de Lara.

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