viernes, 3 de junio de 2016

Diosa de la Sangre

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Empecemos por el principio: no creo en leyendas. Me parecen historias sin sentido creadas para aterrorizar a niños y ancianos, con el único fin de alejarlos de lo que algunos consideran “el mal camino”.

Os pondré en antecedentes: en Riverhood se habla desde hace más de un siglo de la leyenda de una diosa de la sangre. Un ser inmortal que, a diferencia de lo que pudiera parecer por su nombre, no se alimenta de este líquido sino del terror que provoca en sus víctimas. Se dice que aparece ante ellas ataviada únicamente con un vestido de sangre y que es capaz de controlarla a su antojo, haciendo sus métodos de tortura bastante originales. Muchos son los que juran haberla visto, mi propia abuela entre ellos. Ella juraba que, a sus 26 años, se la apareció tras haber asesinado al párroco del pueblo, y que la perdonó la vida tras prometer que todos los años, ese mismo día, la haría un sacrificio de sangre. Según contaba mi abuela, la diosa se dio por satisfecha ante el respeto que la mostró, y la juró proteger a su familia y no ir nunca tras ella mientras el sacrificio siguiese llevándose a cabo.

Poco después, la policía demostró que al párroco le había asesinado uno de los vecinos del pueblo al descubrir que había estado abusando de su hija de 12 años. Un asesinato más que justificado, si me preguntáis a mí, pero nada paranormal. Mi abuela no se lo creyó, y ahí comenzaron sus problemas mentales. Con apenas 28 años la separaron de su familia para internarla en un centro psiquiátrico, pero de alguna forma siempre llevó a cabo estos rituales. Año tras año, concretamente el 19 de mayo, un animal aparecía muerto y desangrado en los alrededores del centro. Pero el año pasado la cosa empeoró. Mi abuela fue definida como paciente peligroso y puesta en aislamiento. No podía salir y nadie podía contactar con ella. El resultado fue que ese fatídico día, se quitó la vida. Los médicos nos dijeron que fue una de las muertes más sobrecogedoras que habían visto, ya que se destrozó las venas con sus propios dientes.

Con este historial, no es de extrañar que yo haya salido completamente escéptica. La vida de mi abuela se torció y terminó a causa de una estúpida leyenda, y el día de su muerte me juré que nunca dejaría que algo así me ocurriese a mí también.
No fue fácil. Por el pueblo no cesaban los rumores. “A la vieja loca por fin la ha visitado la diosa de la sangre”. Ésa y otras frases por el estilo inundaron los pasillos del maldito instituto durante meses. Afortunadamente, nadie se atrevía a señalarme con el dedo y decirme una de aquellas estupideces a la cara. Todo el mundo sabe que yo no quiero saber nada ni de leyendas ni de la locura de mi abuela. Es cierto que ella intentó ponerse en contacto conmigo varias veces, pero siempre me negué. La última vez que la vi, yo tendría unos 12 o 13 años y después de que pasara toda la hora de visita mirando por la ventana e insistiendo en que sería yo la encargada de continuar sus rituales cuando ella muriese, decidí que no quería volver a verla. Me dolía su locura. Me dolía su debilidad, porque de haber sido más fuerte, no se habría abandonado a aquellas ideas sin sentido.

- ¡¡Hey, Ace!!

Ésa es otra. Por si mis antecedentes familiares no fuesen suficiente, mi madre dejó que mi abuela eligiese mi nombre: Aceldama. Literalmente, “campo de sangre”. Por suerte, absolutamente nadie me llamaba así, y desde el primer día de colegio tanto mi madre como yo nos aseguramos de que todo el mundo me llamase Ace.

Saludé a la chica que acababa de llamarme. Se trataba de Lara, una de mis compañeras de literatura universal. No puede decirse que fuésemos exactamente amigas. De hecho, en el instituto no había nadie a quien yo me refiriese así, no realmente. No es que fuese una marginada, me relacionaba con casi todo el mundo e incluso asistía a las fiestas que solían organizar en el lago una vez a la semana. Pero me costaba considerar amigo a alguien que ha contado y distorsionado la historia de mi familia a su antojo para conseguir que un grupo de niñatos soltase una carcajada, y eso lo habían hecho absolutamente todos a los que conocía. No los culpaba en realidad, pero no dejaba de ser algo que había marcado a mi familia por mucho que yo me empeñase en mostrarme indiferente al respecto.

 - ¿Has oído lo del profesor Harvey? -me preguntó Lara con entusiasmo. Parecía que era día de cotilleo en el instituto de Riverhood. Aposté mentalmente por un rollo profesor – alumna. Si ganaba, me zamparía un donut recién hecho de la mejor cafetería del pueblo.

Déjame adivinar: le han pillado con una alumna. ¿Qué es, el tercero en lo que va de año?

-  Ha muerto, Ace.

Mierda. Adiós a mi donut.

-  Vaya… ¿Qué ha ocurrido?

Venga, segunda oportunidad para mi preciado postre. Doble o nada a un accidente de tráfico. Mr. Harvey no tenía más de 30 o 31 años y se mantenía en forma, así que quedaban descartados infartos o enfermedades cardíacas. Y había paseado tranquilamente por el centro el día anterior, así que tampoco enfermedades crónicas o cosas como gripes mal curadas. Sí, dos donuts por el accidente.

Le han asesinado. -dijo mi compañera llevándose una mano a la boca- Ha sido horrible, le han encontrado en su casa con todos los huesos rotos y completamente desangrado. ¡Todos los huesos rotos! ¿Te lo imaginas? 

      Joder. No daba una.

    - ¿Todos los huesos? Y desangrado… -“Ay mierda”- Parece que alguien se tomó muchas molestias en asegurarse de que Mr. Harvey estuviese bien muerto. ¿Tendría asuntos con la mafia?

Sí, sí… Lo sé. Se me da de pena hacerme la tonta. No es culpa mía, es genético.

Oh, venga ya Ace. Tú mejor que nadie debería saber a qué suena toda esta historia…

Ahí estaba. Yo lo llamaba “LA mirada”. Ésa que dejaba muy claro que todo el mundo conocía la historia de mi vida y que daba por hecho que yo conocía la historia de la diosa de la sangre al dedillo. Daba igual que me la echasen los ojos verdes de Lara, que los negros del conserje. Era exactamente la misma, y la había visto en todos los colores y formas posibles. Y siempre me encabronaba de la misma forma.

Pues claro que lo sé. Suena a que algún padre se ha enterado de los jueguecitos que nuestro querido profesor se traía con las alumnas y se ha valido del cuento que tiene aterrorizados a casi todos los crédulos que hay en este pueblo para intentar salir bien parado. Eso es a lo que suena, Lara. A nada más que a eso.

Como venía siendo habitual, mi compañera asintió levemente y siguió su camino con la cabeza baja. Reconozco que la primera vez que mi boca soltó una contestación semejante, me avergoncé. Pero se me pasó al comprobar casi de inmediato que eran sumamente efectivas. Al fin y al cabo, era pura lógica, y no es como si gritase o insultase a alguien. Me limitaba a sacar de la ecuación la leyenda, ésa que todo el mundo parecía querer sacar a colación cada vez que pasaba algo tétrico en Riverhood.

No me había dado tiempo a retomar mi camino cuando la voz de nuestra secretaria sonó por los altavoces informando de que las clases se cancelaban debido a lo ocurrido. Miré el reloj y, tras comprobar que era decentemente pronto, saqué mi móvil y envié un mensaje a la única persona a la que denominaba “amigo” en el más amplio sentido de la palabra.

Después de LA mirada, bien me merecía aquel dichoso donut.

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