jueves, 30 de junio de 2016

Diosa de la Sangre

4

- Dicen que Ace la encontró cerca del lago.

- Pobrecilla, cómo si no tuviese ya suficiente.

- ¿Creéis que ha sido ella?

- Podría estar continuando con los sacrificios que comenzó su abuela.


Este tipo de conversaciones se repitieron una y otra vez a raíz de encontrar el cuerpo de mi compañera. Desmembrado. Torturado. Desangrado. Igual que en la estúpida leyenda. 
Nada más ver el cuerpo, llamé a la policía. Tuve que esperar allí a que llegasen y aguantar las mil preguntas que me hicieron. No fue difícil identificar a Lara: pese a estar desangrada y hecha pedazos, su cabeza estaba intacta. Separada del resto de su cuerpo, pero intacta.

Ethan no se había separado de mi lado en toda la semana. Creo que, de haberle dejado, incluso habría ido a clase conmigo. Me mantenía apartada de casa durante el máximo tiempo posible y me ofreció quedarme con él en el campus en varias ocasiones. Pero no podía evitar a mi madre eternamente. Apenas habíamos hablado a excepción de las conversaciones que tuve con la policía en la que, por supuesto, ella ejercía de abogada. Además, no podía huir precisamente aquel día. Malditos aniversarios macabros.

- ¿Estás segura de que no quieres quedarte en el campus, Ace? -me dijo Ethan rodeándome los hombros con su brazo- Sabes que no me importa y no me gusta que estés sola.

- Mi madre estará en casa.

- Tu madre no cuenta como compañía, y lo sabes. Venga, quédate.

Suspiré. La idea me tentaba: alejarme del pueblo, de los rumores, comer donuts hasta hartarme mientras veíamos una película mala… No se me ocurría un plan mejor. Pero no podía. No debía.

- No puedo, Ethan. Prefiero estar en casa. Así al menos no la pongo la munición en bandeja.

Él me sonrió con tristeza.

- Bueno, si cambias de opinión solo tienes que llamarme, ya lo sabes.


Asentí y le di un beso en la mejilla cuando nos separamos para ir cada uno a nuestro coche. Ya era de noche, así que al arrancar bajé el volumen de la radio para no distraerme demasiado. No me hacía una especial ilusión conducir sin luz, pero habíamos pasado todo el día deambulando por los alrededores del lago para no tener que escuchar los incesantes murmullos de la gente. Ahora me tocaba enfrentarme a mi madre, lo cual no podía apetecerme menos.
Como si el universo quisiera retrasar lo inevitable, el coche me dio un volantazo que controlé como buenamente pude. El inequívoco sonido de un pinchazo me hizo parar en el arcén.

- Esto es una señal de que me tenía que haber ido con Ethan. ¡Está clarísimo! -gruñí para mí.

Con mucha pereza y acordándome del karma y de su santa madre, me bajé del coche y me dispuse a cambiar la maldita rueda. Di gracias a mi paranoia y mi inclinación a ir siempre cargada de cosas “por si acaso”. Saqué una linterna grande (la de por si acaso, también llevaba una normal en la guantera que eso creo que los no-paranoicos también lo hacen. Y si no lo hacen, deberían) y después de ponerme el chaleco me puse manos a la obra.

Una hora y media más tarde, por fin entraba en casa. Lo único en lo que pensaba era en ir directa a la ducha y quedarme bajo el agua caliente durante un buen rato.

- ¡Estoy en casa!

Lo anuncié para poder ir preparándome para los gritos, pero fue en vano. Mi madre no contestó.

- ¿Mamá?

Supuse que estaría en su despacho, demasiado concentrada como para contestarme. Muy a mi pesar, fui hacia allí para decirla que ya estaba en casa. Quizá si me ofrecía a preparar la cena, la bronca no fuese tan bestia como me esperaba.

- Mamá, estoy en casa. He pinchado de camino, por eso he tardado tanto. Pero no te preocupes porq…


Al entrar en el despacho de mi madre, se me cortó la voz. No fui capaz de gritar como deseaba, no fui capaz de moverme. No podía articular palabra, no me salía nada más que un balbuceo ahogado.
Mi madre estaba colgada de la lámpara, abierta desde la garganta hasta el estómago. Estaba completamente destripada y su corazón inerte estaba en la mesa de su despacho, en un pequeño charco de sangre. Cuando me llevé las manos a la boca inconscientemente, me di cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas surcaban mis mejillas silenciosas, y no paraba de temblar. Busqué mi móvil para llamar a la policía, pero entonces un dolor agudo me atravesó la espalda y por fin fui capaz de gritar.

- ¿En serio, Ace? Pensé que gritarías mucho antes.

No podía ser. Aquella voz… No, imposible.

- Ethan.

Ante mí se hallaba la única persona en la que me había permitido confiar durante años, apoyado en el marco de la puerta con esa media sonrisa que yo tantas veces había visto… Y con un cuchillo en la mano. Un cuchillo del que goteaba mi sangre.
Me pasé la mano de la parte baja de mi espalda, dónde sentía el dolor. No me había apuñalado, sólo me había rajado de lado a lado.

- ¿¿Por qué??

- Porque eres tú o yo, Ace. Y créeme, créeme una última vez, cuando te digo que lo siento. Intenté que vinieras al campus para evitar esto. -dijo mirando el cuerpo de mi madre. Le observé bien: estaba limpio. De haber sido él quién había hecho aquello a mi madre, ahora debía estar empapado en su sangre. Cómo si me estuviese leyendo el pensamiento, me miró y negó con la cabeza- No, guerrera, no he sido yo. Fue ella.

Levanté la cabeza hacia dónde se dirigía su mirada.

- No puede ser…

Una mujer se hallaba junto a mi madre, acariciando su rostro con dedos etéreos. Alrededor de su cuerpo, la sangre se arremolinaba, cubriéndola con suaves formas, acariciándola con cada movimiento. El pequeño charco que había bajo el corazón de mi madre flotó en el aire hasta unirse al resto del vestido.


- ¡Vamos no me jodas!

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