sábado, 2 de julio de 2016

Diosa de la Sangre

5

- Irónico, ¿no te parece? -me preguntó Ethan, con el cuchillo frente a mí- Toda la vida defendiendo que las leyendas no existen y al final vas a morir por una.

- ¿Por qué? ¿Por qué coño tienes que hacer esto, por qué está ella aquí?

Él sonrió con soberbia.

- Contéstame, Ethan. -dije con rabia- ¡Es lo mínimo que me merezco después de todos estos años, joder!

Golpeé el escritorio con fuerza, lo que me recordó de forma muy dolorosa que tenía una herida abierta en la espalda.

- No tengo más remedio, Ace. Verás… -Ethan dio una vuelta en el aire al cuchillo y se apartó de la puerta para sentarse en el escritorio de mi madre, cerca de mí- Hace unos años, ella vino a por mí. -dijo mirando a la diosa.

Dirigí la mirada hacia ella durante unos segundos. Estaba allí, junto al cuerpo de mi madre, como ajena a toda aquella situación. Su semblante era tranquilo, como si tener un corazón en la mano y litros de sangre acomodándose al movimiento de su cuerpo fuese lo más normal del mundo.

Bueno, igual para ella sí que lo era.

- ¿Recuerdas el día en que murió mi tío? -me preguntó Ethan- Nunca lo hemos mencionado, nunca nos ha hecho falta. Siempre nos hemos dicho mucho más con nuestros silencios que utilizando palabras innecesarias.

Una leve sonrisa le cruzó el rostro. Una que me llevaba a pensar en mi amigo, el que jamás me haría daño. El que nunca me mentiría.Qué pedazo de cabrón.

- No murió. Es decir, lo hizo, pero no fue un suicidio como todo el mundo cree. -Ethan me acarició la herida de la espalda, lo que me hizo apretar los dientes de dolor- Le maté yo, Ace. En mi última visita al hospital, cuando me cosieron aquella brecha en la ceja, robé un sedante. La enfermera me ofreció dormirme para coserme y yo me negué. En cuanto me dejó solo, cogí la jeringuilla y la guardé. -de nuevo, la miró a ella- Ni siquiera lo pensé, sólo tuve la certeza de lo que debía hacer a continuación. Así que aquel día, le clavé la jeringuilla y le asfixié.

- Eso difícilmente puede confundirse con un suicidio. -dije sin dejar de mirar el cuchillo que mi amigo tenía en la mano.

- Ella se encargó de todo. En cuanto mi tío murió, ella apareció. No te imaginas cómo me quedé, Ace, decirte que se me paró el corazón es quedarme corto. Recuerdo perfectamente como una gota de sangre que salía del lugar en el que le clavé la aguja fue a reunirse con ella… Quiero decir, mírala. -dijo señalándola- Es espectacular.

- ¿Qué cojones ocurrió con él? -pregunté con mala hostia. Empezaba a irritarme mucho la forma en la que seguía dando rodeos.

Él me miró con una sonrisa amarga.

- Iba a matarme. Hay algo sobre ella que no ha dicho nadie. -de nuevo, Ethan miró a la diosa- No mata inocentes, Ace. La sangre de su vestido está maldita.

No pude evitarlo, no pude evitar poner los ojos en blanco al mirarle.

- ¡Por el amor de cualquier tipo de dios, Ethan, no me jodas!

- ¡Hablo en serio, Ace! ¿O es que acaso no lo estás viendo con tus propios ojos? ¿No estás viéndola a ella, viendo la sangre? La sangre de tu propia madre está rodeando su cuerpo y tú aún no quieres creer…

Fui a protestar, pero me cubrió la boca con fuerza.

- Tu abuela no hacía esos sacrificios para evitar morir. Tu abuela estaba intentando evitar que tu madre se convirtiese en ella… Hay algo en tu sangre, guerrera, algo que va en tu puto ADN. Si hubieses sido un varón, todo habría terminado hace años, pero no podía ser tan fácil.

- ¿¡Pero de qué coño hablas, Ethan!? Te has vuelto loco…

- Cuando vino a por mí, me ofreció un trato: si me dejaba con vida, yo debía conseguir que tú cumplieras con tu destino. -una lágrima brotó de los ojos negros que me miraban con furia y arrepentimiento- Tú eras la única persona en la que confiaba, Ace, la única en la que he confiado desde el puto accidente de mis padres. No se trataba de un simple “tu vida por la mía”. Se trataba de hacer un sacrificio.

- ¿Y tu maldito sacrificio soy yo?

Otra lágrima, suya también. Las mías hacía rato que dejaron de aparecer.

- No podía ser nadie más.

Me acarició el cuello y vi como apretaba el cuchillo con fuerza.

- ¡Espera! ¿Por qué mi madre? Si ella sólo termina con los malditos, ¿por qué ella?

Di un respingo al escuchar la respuesta en mi cabeza, como un eco.

“Por apartarte de lo único que podría haberte salvado de tu destino”.

Miré a la diosa y unos ojos vacíos, completamente negros, me devolvieron la mirada. No necesité oír más, porque lo comprendí al mirarla. A aquella chica, fuese quien fuese, no la habían amado nunca.
Genial, mi última lección antes de morir iba a ser un maldito topicazo del estilo “sólo el amor te salvará”. Casi prefería algo de tortura.
Pero sólo casi.

Ethan pareció leerme la mente. No me sorprendió, siempre había sido capaz de hacerlo. Hasta hacía unas horas, yo pensaba que podía hacerlo también. Me miró con intensidad antes de apretar el cuchillo hasta que sus nudillos palidecieron.

- El amor no salva a nadie, Ace. El amor condena.

Y así, con aquella confesión, me clavó el cuchillo en el corazón.
.
.
.

Desperté. Al menos, la sensación se parecía mucho. Abrí los ojos y permanecí quieta durante unos minutos: no oía nada. La humedad que sentí mientras moría no estaba. Porque es cierto, morí. Ethan me asesinó. Es jodidamente doloroso que te apuñalen en el corazón. Al intenso dolor que se produce cuando te desgarran la carne y el músculo, se le añade el hecho de que el cuerpo tarda en procesar que tu corazón no funciona como debería. El pánico hace que el pulso se acelere, lo que contribuye a que te desangres aún más rápidamente. Recuerdo la calidez de la sangre cayendo a borbotones cobre mi camiseta, su sabor metálico en mi boca, mi cuerpo perdiendo el control sobre sí mismo. Y el dolor. Un dolor que me acompañó hasta que cerré los ojos y me abandoné a la muerte. Pero no me fui sólo pensando en el dolor. De hecho, el dolor únicamente lo sentí, porque lo único que podía pensar era en lo mucho que odiaba a Ethan. Por primera vez en mi vida, sentí auténtico odio. Y lo más gracioso de todo, es que no le odiaba por matarme. No le odiaba por acabar con mi vida, por apartarme de todo aquello que se suponía me quedaba por hacer: estudiar una carrera, viajar, enamorarme, aprender a cocinar, todo eso que la sociedad te dice que tienes que querer de la vida. No, no era por eso. Le odiaba por traicionarme. Le odiaba por mentirme, por no haberme dicho la verdad cuando yo jamás le había mentido. Le odiaba por haberme hecho daño, por aquella confesión. Le odiaba por haberme querido. O quizá, quizá le odiaba por no haberme sabido querer.

Miré a mi alrededor. El cuerpo de mi madre estaba sobre el escritorio, tapado con la manta que solíamos tener en el sofá. La diosa no estaba.

“Sí. Ella está aquí.”

Al incorporarme para buscarla, comprendí lo que acababa de escuchar: la sangre, mi sangre para ser exactos, me cubría el pecho. Mi camisa estaba intacta, excepto por la raja que iba casi de lado a lado en la espalda, y una puñalada a la altura del corazón. Me desnudé por completo y la sangre cubrió mi cuerpo a la perfección. Era desconcertante. Mi piel no estaba húmeda, ni teñida de rojo. La sangre no me tocaba, flotaba a mi alrededor, a un par de milímetros de mi cuerpo y se adaptaba a mis movimientos sin importar cuáles fueran.

Pero eso no era todo.


Podía sentirles. Sentía todo el mal que habitaba cuerpos humanos. Sentía a los asesinos, pederastas, violadores, maltratadores, sentía las torturas, las mentiras, los ultrajes… Lo sentía todo. 

Y uno de ellos estaba allí mismo. Dejé que estos nuevos sentidos me guiasen hasta él y terminaron llevándome a mi habitación. Sentí que hacía siglos que no entraba allí.

Ethan estaba tumbado en mi cama. Jugueteaba con una vieja tortuga de peluche que me había regalado él mismo años atrás.

- Estabas tan triste. -susurró mirando el peluche- Adam había comenzado a decir que eras una friki que terminaría en un psiquiátrico, igual que tu abuela. Tú fingías que no te importaba, que todo iba bien. Siempre has sido impenetrable, nada de lo que pudieran decir los demás podía atravesar aquella coraza. Pero lo hacía, y yo lo sabía.

Ethan se incorporó y colocó la tortuga a los pies de la cama.

- Me recordó a ti cuando la vi. Estaba mal colocada, en una cesta llena de peluches de ositos, y conejos con corazones. Busqué por la tienda una cesta con tortugas, un lugar al que perteneciera, pero no la había. Era única, igual que tú. Por eso la compré. No hizo falta que te dijese nada cuando te la di.


Vi como su pecho se inflaba, como si estuviese respirando profundamente. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que yo no estaba respirando. Otra novedad: no necesitaba respirar. 

Finalmente, Ethan me miró. Su expresión me hizo pensar en el día que le conocí… Y el odio regresó. Él pareció darse cuenta porque asintió levemente con la cabeza.

- Estoy listo.

Me acerqué a él de forma instintiva. Algo en mí parecía estar llevando las riendas de la situación, y no estaba segura de que eso fuese algo bueno. Ethan no parecía asustado. En realidad, parecía estar más en paz de lo que recordaba haberle visto nunca cuando me puso un cuchillo en la mano.

- Mi único consuelo es que seguiré haciendo lo único que siempre he hecho bien, Ace: estar a tu lado.

Una lágrima que no sentí me resbaló por la mejilla en el momento en el que le clavé el cuchillo en el pecho.

- Siempre cuidaré de ti… - dijo en un susurro ahogado por la sangre.

Tiré del cuchillo hacía arriba, desgarrándole el pecho para dejar salir a la sangre. El líquido me envolvió a medida que los ojos de Ethan se apagaban. Yo fui su último sacrificio. Para mí, él fue el primero.

No creo en leyendas.


Soy una de ellas.

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