martes, 4 de octubre de 2016

Eileen

El sol del atardecer atravesaba la nube de polvo que levantó un tractor al pasar. Las uñas sobre las piedras del pastor alemán espantaron a los pocos pájaros que no alzaron el vuelo.  

-No sé por qué espero no encontrarte aquí cada día.- Comentó una voz femenina silenciando el crujido de las ramas por su peso.

-Y aun así, vienes cada día a encontrarme. Hola Eileen – Mostró una amplia sonrisa en su rostro pecoso.

-Hola Mael.- Respondió con timidez y escondió la cara entre las hojas de las ramas donde se apoyaban.

-No puedo evitarlo, -volvió la mirada hacia el camino de tierra- me gusta ver cómo trabajan los humanos. Los ancianos me contaron que antiguamente ellos también trabajaban manualmente.

- ¿Te gustaría formar parte de su mundo?

-No lo sé. Hay humanos interesantes. Nuestros mundos son diferentes. Si fuéramos parte de ellos lo llamaríamos culturas distintas. Podríamos intercambiar información y mezclarnos.

-¿Quieres mezclarte con ellos?

Mael no respondió. La rama crujió al colocarse de pie sobre ella y saltó a otro árbol.

-¡Sígueme Eileen!

Ella no protestó. Como si viera las  huellas de su amigo en el aire le siguió, apartando las hojas que caían como una lluvia otoñal. No dejó de pedir que le siguiera. Cada vez que escuchaba su nombre en los labios de Mael la piel de la joven hada se erizaba. Eileen imaginó lo que cada pálpito le gritaba, pero no fue más que una ilusión. Aquel romance que esperaba sólo fue una fantasía que terminó con las garras de su amor atravesándola el pecho.

-No llores Eileen, yo también quería tu corazón.


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