martes, 18 de octubre de 2016

Leyendas: Zapatillas

A veces las leyendas tienen el origen más tonto que te puedas imaginar. O es tan básico que nadie hubiera creído que es real. Seguramente esto también influyó para que dejaran de ser temidas.

No juegues con zapatillas a las cinco de la tarde.

No me sorprende que nadie crea esta historia o sea objeto de burla. En los tiempos que corren es difícil que alguien se fíe de esta advertencia como tal. Los niños van al parque y juegan, los padres les vigilan o se unen a ellos. Prohibir su uso a una hora específica es imposible. Mucho menos cuando el aviso se toma por broma.

Daniel era un niño muy tranquilo. Su madre presumía ante otras de lo obediente que era y los halagos que siempre recibía de sus profesores. Lo que no contaba era las burlas que su pequeño de diez años recibía. Estaba cegada por las apariencias y definía la soledad de su hijo como la superioridad de disfrutar del lugar. “Un niño fuerte no se queja.” “Un niño debe aprender a ser hombre.” “Un niño bueno siempre obedece.” Y un largo etcétera de reglas insanas que no ayudaron al pequeño.

Como cada tarde, Daniel se sentó en el columpio más apartado mientras su madre hablaba  en la distancia con el resto de mujeres. Miraba fijamente sus zapatillas y recordó las palabras de su madre: “Nunca juegues con los cordones desatados.” El chirrido de los columpios se mezclaba con los gritos de juegos de los demás. Les miró fijamente y se imaginó formar parte de ellos como un igual.

-Eh rarito.

Se encontró con la mirada de los tres niños que siempre se burlaban de él.

-¿Quieres jugar con nosotros?

Daniel, que nunca tuvo maldad, creyó que por fin iba a tener amigos y asintió entusiasmado.

-Entonces ve a por el balón. Se ha ido al otro lado de la calle, ¿lo ves?

El pequeño asintió de nuevo y corrió hacia allí. Lo veía claramente, en medio del pequeño jardín frente a la iglesia. Estaba emocionado por formar parte del juego. Daniel, que siempre hacia todo correctamente, olvidó las reglas que siempre seguía y no miró antes de cruzar. Se pisó los cordones de las zapatillas al tiempo que pasaba un coche. El frenazo terminó con un golpe seco que dio paso a los gritos de pánico de los testigos. Una de sus zapatillas cayó delante de él. Recordó una última vez las palabras de su madre mientras el reloj de la iglesia marcaba la hora de la merienda.


Pasó bastante tiempo antes de que el parque volviera a llenarse de vida tras lo que ocurrió. Todos olvidaron aquel terrible accidente salvo por un pequeño detalle. Todo aquel que jugase con los cordones desatados, sufría un pequeño accidente.

-Es cosa de Daniel.- Musitaban.-Lo dijo antes de morir:

“No juegues con zapatillas a las cinco de la tarde.”


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