martes, 1 de noviembre de 2016

Leyendas: Lluvia

Existe una historia sobre los días de lluvia. En los meses de frío cuando uno está bajo la protección y el calor del hogar, y las gotas de agua resbalan por el cristal de las ventanas, fuera, bajo la tormenta hay algo. Acechando o no, quizás peligroso. No depende de su existencia, si no de la tuya.

Para que lo entendáis mejor os contaré la historia de Sonia. Ella, al igual que vosotros, era una persona normal y única. Los de mi mundo os consideramos únicos por naturaleza. No hay dos personas iguales, dejando de lado la genética. Los días húmedos, el pelo caoba artificial de la chica se erizaba. Llegaba tarde a clase y casi olvidó coger un paraguas para el camino. Como todos lo que tienen prisa, no importaba lo que pasase alrededor, el único objetivo era llegar a tiempo. Con más urgencias los días que cae chaparrón. ¿Quién no se ha cruzado con alguna señora presuntuosa y protegida del agua, bajo los soportales y te ha obligado a ti, desnudo bajo el agua, empaparte y soportar encima sus molestos comentarios? En esas circunstancias  estaba Sonia. Nada importaba. Todo eran obstáculos e inclusos enemigos. Cuanto más cansada estaba más brusca se volvía contra con quienes le impedían el paso.

La chica creyó que viendo su carrera la gente debería adelantarse a sus movimientos, facilitar el paso y apartándose pera que no tuviera que perder tiempo en esquivarlos. Lo conseguía. No por consideración, más bien  por miedo a verse arroyados si no se apartaban. Sonia fingió no ver a la figura que tenía delante. La mitad de su cuerpo estaba tapado por el paraguas con el que se cubría. Sus cabellos negros y lánguidos caían hasta por debajo de sus caderas. Golpeó con fuerza y ambas cayeron al asfalto mojado.

-Mira por dónde vas.- Gritó Sonia.

La pelirroja miró su reloj y se levantó, solo el fuerte agarre sobre su muñeca de una mano huesuda la frenó de echarse a correr de nuevo.

-¿Qué haces? ¡Suéltame!

Se escuchó un  gorjeo, como centenares de grillos llamando a sus posibles parejas. Provenía de la joven que aún seguía en el suelo, con el pelo cubriéndole el rostro como algas mojadas. Un escalofrío recorrió la espalda de Sonia desde la nuca hasta los pies. Tiró con fuerza para asirse del agarre y corrió, dejando en el suelo al obstáculo de su carrera ante la mirada del resto de transeúntes. Ni si quiera recogió su propio paraguas.

Consiguió llegar a tiempo a sus clases. Por suerte su asiento estaba al lado del radiador a cual se pegó hasta entrar en calor y dejar de sentir la humedad en los huesos. Como cada día todo transcurrió con normalidad. Agradeció que escampara a la hora de volver a casa.

Cuando llegó a su hogar se quedó sin palabra al ver su paraguas allí. Le preguntó a su madre y esta se encogió de hombros como si no supiera de que le hablaba. Sonia dudó de sí misma y pensó que quizás cogió otro paraguas por error al salir y de ser así, que compraría otro a quien le faltara.” Total, solo es un paraguas.” Pensó.

Sus padres dormían, la tormenta golpeaba desde el exterior perturbando el sueño de la muchacha. Las ramas de los árboles del jardín se reflejaban en las paredes de su habitación con cada relámpago, como una mano huesuda arañando en silencio el cristal.  Más truenos, el viento golpeando las ventanas y el gorjeo de unos grillos acompañaron el latido cada vez más acelerado de Sonia.


Apenas durmió tres horas cuando el despertador le recordó que debía levantarse para ir a clases. El día se le hizo largo y pesado. Al llegar a casa no comió, se dejó caer sobre la cama y durmió. Se despertó gritando, sacudiéndose el pelo y el cuerpo. Sudaba y tenía frío. Había anochecido y nadie había regresado aún a casa. Fue a preparar la ducha cuando empezó a tronar fuera. Se fue la luz y la casa quedó a oscuras salvo por los relámpagos intermitentes. De nuevo ese sonido. Se le puso los pelos de punta al recordar dónde fue la primera vez que escuchó algo similar. Sonia se sacudió la cabeza negando para sí misma que no era posible. Por el rabillo del ojo vio algo moverse y al girar se encontró con en el paraguas abierto. Escurría agua por dentro y por fuera. Lo alzó para cerrarlo y en su interior miles de ojos se abrieron y parpadearon en compas con aquel ruido que le helaba la sangre. Apenas pudo chillar de terror cuando el paraguas se cerró en ella. Sus gritos se ahogaron a medida que era engullida hasta que se quedó todo el silencio. Un silencio roto por la tormenta y el ruido del paraguas rodar en el suelo. 

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