martes, 13 de diciembre de 2016

Calcetines en las sillas.

Todo comenzó poniendo calcetines en las patas de las sillas de la cocina. James soñó que de ellas salían garras y le perseguían por toda la casa. Al despertar, puso en marcha un plan para prevenir que eso sucediera. Cuando su abuelo le preguntó qué hacía, el niño de doce años respondió que les estaba protegiendo. No tuvo el valor de prohibirle hacer aquello notando la seriedad que cargaban sus palabras.
James no solo pensó en la protección. Si algo fallaba “el mejor escudo es el ataque” o algo así recordó haber escuchado en alguna película. Fue a la despensa de la casa, se subió en un taburete de plástico y arañó las estanterías de escayola. Su casa estaba reformada pero conservaba detalles que aún recordaban al diseño original. Arrastró con las manos los recipientes que necesitaba. Con cada movimiento su equilibrio peligraba pero su determinación era estable. Eso le daba fuerzas para no caer y guardarlo en su mochila.
Trepó a las primeras ramas del abeto de su jardín, se acomodó junto al tronco, sin peligro a caer, y sacó lo que llevaba colgado a su espalda. Llenó macarrones con granos molidos de café los cuales selló con un poco de celo y metió en una bolsita. Estiró la goma de su tirachinas comprobando que estaba perfectamente y esperó, vigilante, a que todo empezase.

Las horas pasaron y el pequeño se durmió. Abrió los ojos de nuevo en su habitación, con el pijama puesto. Un sueño dentro de otro sueño.

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