martes, 6 de diciembre de 2016

Kimu

El pequeño Kimu saltaba de tejado en tejado silencioso y hábil. Cada día era impredecible. Se despertaba, comenzaba a caminar y que fuera lo que el destino quisiera. Las mañanas como esa, en las que estaba de buen humor, se deslizaba por las ventanas entre abiertas de los vecinos. En la primera echó un ojo y en cuanto vio el camino despejado se camufló entre las sombras de la cocina, deslizó la pata por la mesa y empujó la tostada hacia el borde. Con la otra patita dio otro toque y la tiró al suelo. La cogió con la boca y saltó de nuevo por la ventana. Desayunó en ese mismo tejado, con el sol mañanero calentándole el lomo.

Después de una pequeña siesta volvió a la aventura. Bajó hasta el suelo y se detuvo frente a un charco que había formado el riego de los jardines. Le gustaba pensar que su pelaje, anaranjado con líneas negras, era herencia de los felinos mayores. Bufó y se vio a sí mismo como un tigre rugiendo. Se sentía feliz y confiado. Corría por las calles, saltaba a los capos de los coches y a los árboles. Era su selva particular y su gran enemigo no eran los perros. Era el cactus de la señora Lorena. Se estrelló contra esa planta cuando intentó refugiarse en la casa de la anciana una tarde de tormenta. Desde ese día, aprovechaba cada oportunidad para buscar venganza. Cuando la mujer ventilaba la habitación y dejaba la ventana abierta, Kimu entraba y le asestaba pequeños zarpazos hasta que conseguía tirar al cactus de la maceta. No le importaba pincharse, luego se lamía sus heridas con el orgullo de haber ganado otra batalla. Siempre deseaba que fuera la última pero al día siguiente volvía verlo en su sitio. Las púas de su verde enemigo le desafiaban  y el pequeño felino no pensaba rendirse nunca.


Una más de sus aventuras que van sumando cada día.

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