viernes, 20 de enero de 2017

Bobby

Diana caminaba por el parque tranquilamente cuando clavó la mirada en uno de los árboles. No sabía si era por el atardecer, la mezcla del ocaso con los colores de su entorno y la oscuridad que empezaba a cubrir todo. Fuera lo que fuese uno de los muchos árboles que formaban el bosque central le llamó la atención. Caminó directa hacia allí, ignorando los caminos marcados para que la gente diera paseos por allí y no pisaran el césped. Por suerte, ya no quedaba nadie alrededor que fuera testigo de su comportamiento. Podría pasar desapercibida con un gorro pero ese día llevaba su melena pelirroja suelta, con sus rizos golpeándole la cara.

Al llegar allí, notó la espereza de la corteza en su mano al tocarlo. Sus orejas empezaron a perder la forma humana y a mostrarse puntiagudas. Por algo se había sentido atraída hacia ese lugar. Magia. Estaba en el buen camino.

-¿Quiin iris ti?

-¿En serio? – Pasó su mirada, ahora felina, alrededor, buscando el origen de aquella voz aguda.

-¿Queen eres te?

Otra voz con el mismo tono molesto. Diana, con su cuerpo humano pero ágil como un gato saltó detrás de unos arbustos, chocó contra algo y crujieron las ramas bajo ellos mientras rodaban. Unas carcajadas la rodearon, abrió los ojos y descubrió que había dado caza a un muñeco hecho con calabazas no muy tiernas. Bufó y un gnomo de aspecto delgado, que apenas le llegaba al tobillo, salió de entre las hojas de los bajos setos. Sujetaba una rama y corrió hacia ella hasta estamparse contra sus botas.

-¡Timi, timi, giginti!

Parecía estar librando la batalla de su vida. No se rendía a pesar de ver que no estaba consiguiendo nada. Saltó para ponerse entre los cordones e intentar cortarles con sus diminutos dientes. Cuando Diana le cogió con dos dedos por lo que parecía un peto verde guisante, el diablillo pataleó el aire con furia.

-Qué pies más sucios. Debería meterte en una fuente.

- ¡No te atrevas voluminosa mujer! - La chica ignoró el insulto y le agitó en el aire.- Suéltame o…

-¿O qué? ¿Volverás a hablar con una sola vocal?

-Te venderé a un restaurante chino.- Amenazó a Diana.

La chica le tiró de la coleta.

- Estoy buscando al pequeño Bobby.

-¡Yo soy Bobby! Y nada de pequeño. ¡Aún puedo pegar el estirón!

Ante la sorpresa de dejó en el suelo y se sentó de rodillas, como una niña esperando su castigo.

-Lo siento- Musitó, fingiendo estar avergonzada.- Pensé que Bobby sería más viejo. No un gnomo con aspecto de niño pecoso, mofletes rosados y una coleta negra en el cogote. ¿Captas wiffi con esa antena?

-Muy graciosa. ¿No tienes que ir a quitarte los piojos?

-Después de usar tus mofletes como aviso de emergencia.

Bobby corrió de nuevo hacia ella, esta vez con la cabeza de frente como un jabalí y se estrelló, sin resultado, contra su pierna.

-Ea ea – Diana le puso el índice sobre la cabeza y sacó una piruleta de fresa en forma de corazón de su bolso. – Mira, he traído el pago.

El gnomo se detuvo, miró el dulce y saltó intentando cogerlo. Después de varios intentos fallidos, trepó por la pierna de la chica, se enganchó a uno de sus rizos pelirrojos y subió hasta su cogote. Con impulso saltó hasta conseguir agarrar el premio, dio una voltereta en el aire y aterrizó con gracia.

-Vale. ¿Qué quieres? – Apretó los carrillos en su recompensa.

-Un ovillo de lana gigante. Quiero jugar con uno de mi tamaño.

-¿Tienes envidia de los mininos?  - Se burló Bobby entre carcajadas.

-Tanta como tú de los tacones de Barbie.


El gnomo alzó las manos en señal de paz. La cara sonrojada de la semigata le confirmó su burla. Quería acabar ya con esa transacción y así poder disfrutar en intimidad con su piruleta. Su diminuta boca se le estaba haciendo agua. Agitó los dedos ante la mirada gatuna de la chica, le cogió los datos y le confirmó la entrega en su domicilio. En un par de días lo tendría listo. Diana se marchó ronroneando dejando atrás a Bobby y sus lametazos al caramelo de fresa.

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