martes, 10 de enero de 2017

El chico de la cuarta fila

A veces la vida cambia en un parpadeo. Estás ahí, completamente seguro de quién eres, de cuáles son tus principios, de lo estarías dispuesto a hacer en una situación límite, hasta dónde serías capaz de llegar... Pero un buen día esa situación límite llega. Y todo cambia, como digo, en tan sólo un parpadeo.

Asistí a mis clases en la universidad como cualquier otro día. Estudiaba derecho, y lo aborrecía por completo. Tal vez por eso pasaba la mayor parte del tiempo mirando a mi alrededor, observando todo aquello que pasaba delante de mis ojos. Pequeñas estupideces, imperceptibles para cualquiera que no estuviera determinado a notarlas. Por ejemplo, era perfectamente capaz de decir si mi profesor de filosofía del derecho había pasado la noche con su amante o con su mujer. Sólo necesitaba fijarme en qué mano llevaba el anillo de casado. También me era fácil saber qué parejas habían roto o cuáles se estaban creando por la disposición de los asientos. Tan sólo un par de personas, contándome a mí nos sentábamos siempre en el mismo sitio. Los demás rotaban, dependiendo de con quién querían acostarse esa semana, o de a quién no querían volver a ver.
Una de mis mejores amigas, por no decir la única en realidad, solía decirme que debería haberme dedicado a la psicología. Yo no estaba de acuerdo. La psique humana solía ponerme nerviosa, incluso la mía propia. Algo como el derecho era sencillo: todo podía verse desde fuera, no tenía que involucrarme ni conocer a mis clientes. Culpable o inocente, víctima o verdugo, era todo lo que necesitaba en última instancia para poder realizar mi trabajo. En cambio la psicología pedía mucho más. Pedía perderte a ti mismo para poder ayudar a los demás, pedía volcarte en una vida ajena que tal vez no estuvieras preparado para vislumbrar. No, decididamente no era para mí.

Aquella mañana hubo algo diferente. Los cambios eran algo realmente inusual, todos los días solían pasar de igual forma. Entre cuarenta y cuarenta y siete rostros, siempre los mismos, pero siempre con alguna baja, todos apiñados en aquellas aulas que a mí siempre se me habían antojado pequeños teatros en los que representar una pésima función. Yo vivía los cambios con fervor, cualquier cosa que me sacara de la monotonía era bienvenida.
Un chico nuevo se unía a nuestro curso. Nuestro profesor de derecho civil se encargó de presentarlo, pero no entendí su nombre. Ni yo, ni aparentemente nadie, puesto que en cuanto el chico comenzó a subir por las mesas buscando un sitio, los murmullos comenzaron. Eligió un lugar en la cuarta fila, en perfecta diagonal a mi mesa. Bien, al menos ya sabía a que iba a dedicar la siguiente hora de mi vida.
Pero no fue sólo la siguiente.
Sorprendentemente, el chico eligió ese mismo sitio en todas y cada una las clases siguientes: un asiento en la cuarta fila que quedaba en perfecta diagonal conmigo, proporcionándome una visual sin interrupciones. En Internacional, probé a cambiarme de asiento, sólo uno más a la izquierda. Y ahí estaba él, a mi derecha en un plano perfecto para admirar con tranquilidad.

Riéndome de mis tontas teorías, salí de la última clase del día. Procuré recordarme a mí misma que no debería obsesionarme con aquel chico y mi búsqueda de casualidades. Cedía fácilmente a las distracciones, y aunque aborrecía mi carrera, deseaba terminarla cuanto antes. Cuatro años de notas impecables no iban a irse al traste ahora.
O eso quería pensar yo.
Distraída como iba, no me di cuenta de que, al girar la esquina, alguien venía en dirección contraria. Chocamos, haciendo que mi carpeta y mis libros cayeran torpemente al suelo. Cuando levanté la vista para despotricar o pedir perdón, según viera la actitud del “chocante”, vi al chico nuevo.

- Hey! -él sonrió ligeramente. Eso me gustó. Las personas que sonríen demasiado solían ponerme nerviosas- Perdona, no te había visto.
Tranquilo, iba distraída.

Me sorprendió cuando se agachó para ayudarme a recoger mis cosas. Aproveché para echarle un vistazo a su cara, ya que lo único que había visto bien de él era su perfil. Tenía los ojos negros, increíblemente oscuros. Al contrario que a la mayoría de chicas que conocía, encontraba eso realmente atractivo. Los ojos azules me parecían sobrevalorados.

- Vas a mis clases, ¿verdad?
- Sí, estudio derecho. -dije algo sorprendida. Yo tenía muy buena memoria para quedarme con las caras de la gente, no tanto con sus nombres quizá. Pero por regla general solía pasar inadvertida. No me tenía por ningún monstruo, pero mi descripción era la de otros tantos millones de chicas: morena, pelo largo, ojos marrones, normal.
- Me parecía haberte visto en las aulas.
- Pues sí, tienes buena vista. -sonreí ligeramente- No me quedé con tu nombre cuando te presentaron, lo siento.

Él esbozó una sonrisa de medio lado que me llamó mucho la atención. Pese a que era objetivamente atractivo, no era eso lo que estaba despertando mi curiosidad. De pronto, estuve convencida de que no iba a decirme su nombre.

- Te veré pronto. -dijo casi en un susurro.

Al día siguiente, no apareció en clase. Ni tampoco al siguiente, ni al siguiente a ése. No podía evitar pasar las horas mirando aquel asiento vacío en diagonal a mí. No podría decir qué había estado ocurriendo a mi alrededor. No sabía si mis profesores habían sido infieles, o discutido con sus parejas, o si mis compañeros se habían movido o no de sitio. Lo único que hice durante tres días en mi clases fue mirar aquel asiento vacío. Por lo poco que había escuchado decir a mis amigas, nadie sabía nada de él. Ni su nombre siquiera. Sin embargo, él se había fijado en mí. En la chica del montón, la que no destacaba en nada en particular. Curioso. Muy curioso.

Ese fin de semana, decidí no salir. Mis amigas no insistieron, sabían que cuando tomaba una decisión, no la cambiaba. En casa, mis padres no habían notado ningún cambio en mi actitud. Era lógico, mi rutina no había cambiado de mi mente hacia fuera. Siempre había sido más bien callada, lo cuál evitaba muchos problemas y comentarios de personas intrusivas. Si una persona era habladora por naturaleza y un día callaba, resultaba obvio que algo andaba mal. Eso no ocurría conmigo. Mi mente era mía y no la conocía nadie más. Ni siquiera mi familia Mis padres y mi hermano pequeño habían asumido que yo era tímida e introvertida, y no me atosigaban. Quizá mi hermano era el que más podía conseguir sacar de mí, aún era pequeño y las normas sociales le daban absolutamente igual. Por eso me gustaba pasar tiempo con él. Su cabecita funcionaba de una forma diferente al resto y eso era refrescante. No necesitaba dar conversación, ni pensar si sus actos ocultarían un deseo oculto. Era simple y real.
En esas me encontraba, pasando un rato con el pequeño cuando un desgarrador grito me pilló completamente desprevenida. Di un brinco al oírlo y mi hermano se puso a llorar de inmediato. El grito era de mi madre.
Cogí al pequeño y le metí en el armario, susurrándole que se quedase ahí hasta que yo volviera. Nunca me he tenido por una valiente, para qué engañarnos. Y pese a que tampoco era creyente, me encontré a mí misma rezando porque, fuera lo que fuese, mi padre se hubiese hecho cargo de la situación. Pero no temblaba. Estaba asustada, pero sorprendentemente tranquila. Una vez más, la psique humana conseguía desconcertarme.

Cuando llegué al salón, el panorama era desolador. El cuerpo de mi madre se hallaba tirando sobre la mesita de café, envuelto en un charco de sangre. Su cara aún mantenía una mueca de terror que me puso los pelos de punta. Al mirar a mi alrededor vi a mi padre en brazos de un hombre. Me miraba con pánico, tratando de decirme que huyese. El hombre que lo sostenía en brazos tenía la cabeza hundida en su cuello del que brotaba la sangre a borbotones. Quizá me había precipitado al pensar que aquello era un hombre.
Vi como la vida se escapaba de los ojos de mi padre, testigo de su último aliento. El desconocido lo dejó caer en el suelo de cualquier manera y me miró directamente a los ojos, con la cara cubierta de sangre.

Era el chico de la cuarta fila.

- Te dije que nos veríamos pronto.

Le miré completamente paralizada. Sabía que tenía que tener miedo. Joder, debería estar aterrorizada. Sin embargo, lo que sentía con más fuerza era curiosidad. Una curiosidad que estaba tomando control de mi cuerpo. Su mandíbula parecía mucho más fuerte de lo que recordaba, más marcada. ¿Sería resultado de su transformación? Sus dientes eran mucho más grandes y afilados, podía ver que con un sólo roce desgarrarían no sólo mi piel, sino mi carne con facilidad.

- No lo comprendes, ¿verdad? -comenzó a decir él.
- No.
- No sientes miedo. Sólo curiosidad. Y ni tan siquiera te estás preguntando porqué “¿Por qué a mí, por qué mis padres?”
- No.
- Te preguntas “¿Cómo?”

Tragué saliva con dificultad. Que supiera eso sí estaba empezando a asustarme.

- Sí.
- Yo puedo explicártelo. -dijo acercándose a mí, despacio.
¿Cómo?
- Uniéndote a mí.

Ante mi falta de respuesta, él continuó acercándose hasta acariciarme suavemente el brazo con la punta de los dedos, fríos como el hielo.

- Si te convierto en lo que soy, lo entenderás todo. Siempre te has preguntado cómo funcionan, ¿verdad? -yo asentí- Puedes entenderlo. Puedes entenderlo todo.
- ¿Con su sangre?
- Es el precio que tiene el conocimiento. -dio un paso más, cogiendo mi cintura con suavidad e inseguridad- Te he observado durante años. Tienes preguntas, preguntas a las que no encuentras respuesta. Miras a tu alrededor sin formar parte del mundo, porque no lo entiendes. No sientes como ellos, no comprendes lo que ellos dan por hecho. Yo puedo cambiarlo.

Le miré con atención. Cada una de sus palabras resonaban en mi cabeza con mas fuerza que mi propia voz. Tenía razón. Él tenía razón...

- No eres como ellos. Cualquier otra estaría gritando horrorizada ante mí. -me cogió la mano, pidiendo antes permiso para hacerlo con sus ojos negros. Me sorprendía la delicadeza de sus gestos. Especialmente después de haberle visto matando a mis padres- Lamento lo de tu familia. -dijo apesadumbrado- Pero necesitaba ponerte a prueba. Acabo de masacrar a tus padres y tú sigues preguntándote qué es lo que soy en lugar de gritar y suplicar por tu vida.

Cierto.

- No eres un ser empático. -rió- Pero puedo cambiar eso también. Sentirás lo que tú desees una vez lo comprendas.

Pensé en mi hermano, acurrucado en aquel armario. Entonces lo entendí. Aquella era mi situación límite, el momento en el que descubriría quién era realmente. Mi psique, mis principios. Mi ser se decidiría en aquel momento.
No quería salvar a mi hermano.
Quería comprenderlo.

- Hazlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario