lunes, 16 de enero de 2017

El retrato

Había perdido la cuenta de las horas que llevaba en mi estudio, sumergida en mis pinturas. Empezaba a preocuparme un poco el hecho de haberme acostumbrado al olor lo suficiente como para omitirlo completamente. Quizá por eso comenzaba a sentirme mareada. O por llevar tres días sin dormir, trabajando en aquel cuadro. Pero no podía parar, no cuando estaba tan cerca de terminarlo. Aquel retrato era un encargo de la mujer más excéntrica que había conocido nunca. Ni siquiera la conocía en persona, se había puesto en contacto conmigo por e-mail, sin explicar ni siquiera cómo había sabido de mí. Yo no era tan conocida en el mundillo del arte como y ella se había limitado a mandarme una serie de fotografías para que tuviese una referencia de su físico y así poder pintarla como una majestuosa reina de la noche. Esa era la petición. La fecha de la entrega estaba remarcada en mi agenda. Debía terminarlo esa misma noche.
Lo cierto es que no pensé que fuese a salir tan bien, aunque esté mal que yo lo diga. Lo que comenzó como un boceto sin demasiada dirección, había terminado siendo un potente retrato que dejaba claro que aquella mujer era peligrosa. Más que la reina de la noche, parecía la reina de todos los vampiros. Incluso me había dejado llevar y de sus dientes goteaban finos hilos de sangre. Quizá debería dejar un poco de lado las series de vampiros, porque era obvio que estaba comenzando a pasarme factura.
El último trazo fueron mis iniciales en la esquina inferior izquierda de la pintura. Me aparté del cuadro y paseé mi mirada por las obras de mi estudio, para poder olvidarlo durante un instante y mirarlo con objetividad.
Mierda. Sólo habían pasado dos escasos minutos y ya no me gustaba. ¿Y si no era eso lo que aquella mujer me había pedido? Quizá con lo de la reina de la noche se refería a un vestido pomposo y dorado, y no aquel intrincado corpiño con el que yo la había dibujado. Estaba empezando a estresarme. Contuve la respiración durante unos segundos, para luego soltar el aire despacio.

- Relájate... Si no la gusta, la pintaré de nuevo. No es para tanto. -me dije a mí misma.

Miré el cuadro de nuevo. Lo cierto es que destacaba sobre todos los demás. Mi estudio era pequeño, quizá demasiado pequeño para los vapores que emanaban del óleo, pero para mí era suficiente. Estaba lleno de cuadros, alguno finalizado, otros a medio acabar, dibujos a carboncillo, folios por todas partes llenos de bocetos, fotografías, paisajes, retratos... A veces buscaba en los ojos de aquellos cuadros las respuestas a preguntas que ni siquiera estaban planteadas. Y aquella nueva obra me estaba hablando alto y claro.
Sólo esperaba que la futura dueña no estropease mi trabajo con un marco ostentoso y chabacano.

Unos golpes me hicieron dar un pequeño salto. Alguien llamaba a mi puerta con seguridad. Me extrañó, porque no esperaba a nadie, y mis vecinos no solían salir de casa de noche, mucho menos de madrugada. Con cautela, y algo intrigada, abrí la puerta. No sabía si esperarme a un tío con una pizza o a Drácula, la verdad.

- Elizabeth?

Ugh. Oír mi nombre completo me rechinaba a mis 25 años igual que lo hacía cuando tenía 6.

- Es Beth, en realidad.

Una risa femenina llenó el silencio que reinaba en la calle.

- Beth, entonces. No hemos tenido el placer de conocernos en persona. -la mujer entró en mi estudio de forma elegante. Cuando la dio la luz, me quedé boquiabierta: las fotos no la hacían justicia- Soy Gabrielle.

- Vaya... -estreché la mano que me tendió, algo dubitativa- Es un placer.

“Yo hace un rato era hetero... Creo” -pensé sin poder evitarlo.

Gabrielle se echó a reír, casi como si me hubiese escuchado- . El sonido de su risa era completamente erótico. Me preguntaba cómo podría vivir tranquila, ya que estaba segura de que no podría dar ni dos pasos sin que alguien la abordase.

- Siento haberme presentado así, sin avisar. Pero tenía curiosidad por ver cómo iba mi cuadro.

- Precisamente acabo de terminarlo. -sonreí nerviosa- Aunque lo cierto es que las fotos que me envió no la hacían justicia.

Ella rió de nuevo, haciendo que un escalofrío recorriese mi espalda.

- Eres muy amable. -sus ojos recorrieron mi estudio, parando en su retrato- Vaya... Es este, ¿verdad?

Yo asentí, tan nerviosa que apenas era capaz de tragar saliva.

- ¿Utilizas arena para conseguir dar esta textura a la pintura?

- Sí. Hoy en día hay muchos productos que ofrecen ese acabado de una forma más profesional, pero siempre me he decantado por los trucos de la vieja escuela.

- Como un alma antigua... Muy acertado, sin duda. -su vista paseó por el lienzo, atendiendo a todos los detalles- Es muy curioso. -me miró sonriendo- Pero poseo un corpiño extremadamente similar a este.

- Vaya casualidad. -sonreí.

Su mirada abandonó el cuadro para centrarse en mí.

- No creo en las casualidades.

Apartó su abundante melena rubia de su rostro y se acercó a mí con elegancia. Lo cierto es que su indumentaria era muy normal, un vaquero ceñido y un jersey fijo. No llevaba tacones, por lo que toda aquella delicadeza al andar, el sutil contoneo, todo era obra suya.

- Has pasado la prueba, Elizabeth. Por ahora, te dejaré libre.

- ¿Prueba? ¿Libre? Pero qué...

- Shh... -con suavidad, colocó uno de sus dedos sobre mis labios- No necesitas saber más de momento. -sonrió- Pero volveré a por ti.

Sin más, se apartó de mí y recogió su bolso, que había dejado sobre un diminuto hueco de mi escritorio.

- Necesitaré otro retrato. Esta vez, uno que no capte mi esencia tan evidentemente.

- Mire... Creo que hay algún tipo de error. Yo no...

Con una rapidez que mi cerebro no logró entender, Gabrielle me arrinconó contra la pared, tirando uno de mis cuadros al suelo. Cuando abrió la boca para hablar, sus colmillos habían crecido al menos dos centímetros.

- No hay ningún error, querida. -sus dedos recorrieron mi mejilla lentamente-Necesitaba saber que en el fondo seguías siendo tú. -sonrió- Y lo eres. Mi esencia sigue tan dentro de ti como siempre, amor.

- De verdad que no tengo ni la menor idea de lo que me está hablando. Pero empieza a asustarme.

- Es normal, Elizabeth. La primera vez también te asusté. Pero el dolor pasará enseguida. -me miró a los ojos con intensidad- De momento, necesito que sigas siendo humana. Después, te lo explicaré todo.

Desconcertada del todo, traté de escabullirme de ella pero me fue imposible. Estaba convencida de que tenía que pesar menos que yo, pero aún así fui incapaz de moverla ni un milímetro.

- Lamento tener que hacerte olvidar esto. -dijo acariciando mi cintura con delicadeza- Pero aún no estás preparada. -me apartó un mechón de pelo de la boca, depositando un suave beso en mis labios que no fui capaz de rechazar- Lo estarás pronto, lo prometo. Y juntas volveremos a dominar la noche, una vez más.

Entonces, justo en ese maldito momento, sonó la alarma de mi despertador. Di un golpe a estúpido reloj, tirándolo de la mesilla y me froté los ojos sin el menor cuidado. Vaya sueño... Aquel retrato estaba calándome más hondo de lo que en un principio había pensado. Sin abrir los ojos del todo, bajé a la cocina para prepararme una taza de café, mi cuerpo lo necesitaba. Moviéndome por pura inercia, saqué una taza del armario y me di la vuelta para colocarla en la cafetera. Pero no llegó tan lejos. La taza se rompió en mil pedazos cuando vi, junto a la puerta que conectaba mi estudio con el resto de mi piso, un gran globo negro con letras blancas.

“Pronto.”



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