viernes, 20 de enero de 2017

El trabajo

Miró su reloj de muñeca mientras caminaba entre la multitud. Joder. Llegaba tarde. Bueno, pensó mientras se recolocaba la corbata, no era grave. Simplemente tendría que hacer su trabajo con más rapidez. No había problema. Al pasar por un escaparate, aprovechó para echarse un vistazo en el reflejo del cristal. El traje seguía impoluto, la camisa perfectamente planchada y sin manchas, la corbata recta. Se colocó bien el sombrero, y recogió un mechón de pelo que se la había soltado del moño tras su oreja. No la gustaban las imperfecciones. La pulcritud era uno de los puntos clave en su trabajo.

Según llegaba a su destino, encendió su iPod y se colocó los auriculares con cuidado. Trabajar con música era uno de sus grandes placeres. Se echó un último vistazo en la puerta del banco antes de entrar. Podían tacharla de presumida, pero la gustaba estar impecable. Se colocó bien las gafas de sol y entró en el banco con decisión, al ritmo de la canción. En la oficina central se celebraba una reunión importante, todos los jefazos deberían estar ya allí. Miró su reloj con impaciencia. Sólo un par de minutos tarde, podía recuperarlo.

Mientras subía en el ascensor, su pie tapeaba el suelo al ritmo de la canción que escuchaba. Una de sus favoritas, sin duda la ponía de buen humor. Volvió a mirar el reloj, esta vez más por hacer cálculos. Si se daba prisa, quizá aún pudiese llegar a tiempo de un pedazo de pizza de su local favorito antes de que se agotase.

Entró en la oficina con una sonrisa en el rostro. Todas las miradas se centraron en ella. Con rapidez, abrió su maletín y sacó de él dos semi automáticas. Ella las llamaba Ebony e Ivory, en honor al héroe de su videojuego favorito, el devil may cry. Uno de sus pequeños placeres ocultos. Las miradas de los presentes cambiaron de repente. En unas milésimas de segundo, pasaron de la curiosidad al horror. Sin perder ni un segundo de su preciado tiempo, ella comenzó a disparar. Sus tiros eran certeros, eficaces, precisos y muy discretos, aquellos silenciadores la habían costado una pequeña fortuna, pero sin duda merecían cada céntimo. Uno, dos, tres, cuatro series de disparos. Ocho muertos en cinco segundos. Una de las ventajas de haberse entrenado durante años era que disparaba indistintamente con izquiersa o derecha. Y la gustaba especialmente hacerlo con ambas manos, mostraba una habilidad que todos los que la conocían alababan. Miró su reloj. Mierda, una salpicadura de sangre. La limpió con un pañuelo de tela que sacó del bolsillo de la americana del director del banco. Se revisó la camisa, afortunadamente no la había salpicado. La sangre salía fatal de la ropa blanca, especialmente de la seda. Revisó sus disparos: todos habían ido a parar entre ceja y ceja del sujeto en cuestión. Sonrió orgullosa de sí misma. Se permitió disfrutar de unos segundos de regocijo personal. Un trabajo bien realizado y en un tiempo excelente.

Volvió a meter a sus pequeñas en el maletín y se ajustó la corbata antes de entrar de nuevo en el ascensor. Mientras tarareaba la canción que sonaba a través de sus auriculares, envió un mensaje de texto:

“Pueden dormir tranquilas"

Miró la hora en su reloj. Podía haberlo hecho en el teléfono, pero no sabía controlar el tiempo si no era desde su pequeño reloj analógico. Una gran sonrisa apareció en su rostro.


Aún llegaba a tiempo de conseguir su pizza. 

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