martes, 17 de enero de 2017

Fuerza

Las guerras seguían activas por todos lados. La compra y venta de prisioneros como esclavos estaba a la orden del día. Los vencedores de cada batalla intentaban sacar tajada de todo. Sus superiores eran bien recompensados, pero los de menor rango debían estar agradecidos por tener órdenes que seguir y recibir una minúscula paga por ello. A cambio, les permitían que se sacaran unas monedas con lo que encontraran y que no fuera confiscado por sus líderes.

Por comodidad solían requisar objetos, pero en aldeas pobres como la que dejaban atrás, lo más valioso eran las personas que pudieran venderse a buen precio. Al no encontrar mujeres, se llevaron a dos campesinos bien formados por el trabajo de campo y a un adolescente que estaba escondido entre cajas de madera.

Habían conseguido vender a los aldeanos antes de lo esperado pero con el muchacho estaban teniendo problemas. Era atractivo bajo toda la mugre pero en las demostraciones actuaba como un salvaje. No le importaban los golpes de castigo, ni las heridas de sus ataduras en las muñecas.

Las semanas pasaban y seguían cargando con el muchacho. El crepitar de la hoguera se fundía con los ronquidos de sus captores. Le habían obligado a andar durante todo el día mientras ellos iban en caballo. La soga se le había incrustado en la piel. La sangre había teñido la cuerda y formado una costra de tal manera que cuando tiraban de su atadura le abría las heridas y se formaba una nueva sobre la anterior. A pesar de la creciente infección ya no sentía dolor. Nunca les suplicó por piedad, tampoco por agua y comida. No permitió que le vieran debilidad y a pesar de las magulladuras siempre mantuvo un porte orgulloso.

Escuchó unos pies arrastrándose por la tierra en la que estaban acampados. Se detuvieron a su espalda y le patearon el costado.

-Sé que rezas cuando crees que no te escuchamos. Tu desdén es solo fachada. No durarás mucho más.
El silencio como respuesta cabreó más al soldado. Le pateó de nuevo y sonrió al escuchar como intentó silenciar el dolor. Le molestaba que el joven no mostrara desánimo.

-Podéis maltratar mi cuerpo, pero no mis creencias.- Respondió con firmeza, girándose para fijar la mirada en los ojos de su captor.

-Nadie vendrá a liberarte.- Le pateó de nuevo, le escupió y volvió junto a la hoguera.

Pasaron las horas, la hoguera aún estaba encendida y la temperatura de la noche había descendido. Las piedras del suelo se le clavaban en los huesos y la corteza del árbol en el que estaba atado le arañaba la piel a través de la ropa harapienta. No podía sentir el calor del fuego. Siempre le dejaban a cierta distancia y sin vigilancia. Confiaban en sus ataduras.

-Creo en ti, mi alma es vuestra. Creo en ti, mi cuerpo puede ser tu templo. Creo en ti, mi plegaria es fuerza. – Susurraba mirando al cielo, repitiéndolo una y otra vez.

Era fiel a sus creencias. Desde pequeño había tenido un espíritu fuerte y sabía que mientras siguiera firme y leal a sus santos conseguiría su liberación. Era de los aprendices más avanzados de su orden. Cuando le capturaron, el joven estaba en su último viaje antes de sumirse en los estudios superiores.

Por encima de su cabeza escuchó crujir las ramas de los árboles. Algunas de las hojas cayeron sobre él. Silenció sus oraciones y se mantuvo en silencio. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo pero solo escuchó el silencio roto por las llamas y los insectos.

-He venido a por ti.- Le susurró en el oído una voz femenina.

-Gracias.

-¿Por qué? Soy yo quien debería agradecértelo. – Apretó el filo de un cuchillo sobre la garganta.

- Porque vas a liberarme.  

-Tus plegarias son fuerza. Tu cuerpo puede ser mi templo. Tu alma es mía. – Susurró la mujer mientras cortaba la garganta del prisionero.


-Gracias.- Susurró, cerrando los ojos y sonriendo. Mientras la vida se le escapaba notó calor por primera vez en mucho tiempo, el calor de su propia sangre por última vez.

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