viernes, 13 de enero de 2017

La casa veintitrés.

De camino al trabajo Mary siempre pasaba por delante de la casa con el número veintitrés y siempre fijaba la mirada en la rugosa y castigada madera del portón. El resto de la fachada era muy parecida al resto de casas del pueblo. Pintura rugosa en tonos ocres en la parte del zócalo y blanca en el resto. Nunca había visto el interior de esa casa ni conocía de nadie que hubiera entrado. Su pueblo era pequeño y cuando algo nuevo se sabía en menos de veinticuatro horas ya lo sabían todos. La velocidad de comunicación podía llegar a superar a los medios modernos.

La mujer sentía la ola de frío cortando su piel. Frotó sus manos enguantadas y apuró el paso  para no llegar tarde como lo había hecho por la mañana. La noche anterior no había pegado ojo, su hija de siete años estaba enferma y Mary había estado toda la noche pendiente de ella.

Al día siguiente la sorpresa de ver la puerta entreabierta la dejó paralizada hasta que el sonido de un motor la sacó de su trance. Maldijo tener que correr para llegar a su puesto de trabajo a la hora. Su tiempo se lo pasó pensando en por qué no había intentado echar un vistazo disimuladamente y saber que se escondía detrás de esas puertas. Al terminar su jornada se apresuró en llegar hasta la casa por si encontraba la puerta abierta. Sus pensamientos se llenaros de júbilo al encontrar que así era. Miró a su alrededor y por una vez se alegró que la noche tuviera una espesa niebla. Apoyó la mano en la puerta pequeña del portón. El ruido de la tela de sus guantes al desengancharse de la áspera madera le recordaba el sonido de un árbol al caer. Siempre imaginó que una puerta como aquella chirriaría y se alegró de estar equivocada. Tragó saliva y contuvo su respiración para asomar la cabeza. Nada. Solo niebla en lo que parecía un patio cerrado. Caminó pegada a la pared hasta que el pomo de una puerta se le clavó en el costado. Le dolió más pensar que podrían haberlo escuchado que el golpe. El miedo a hacer ruido evitó que corriera fuera y de nuevo, nada. Pensó que quizás no había nadie y se habían dejado la puerta abierta. Que eso mimo podría usar como excusa si la pillaban, “Estaba preocupada de que os entrara alguien, llamé (mentira) y al no salir nadie he entrado para avisaros.” Le pareció una idea perfecta y con eso en mente puso la mano en el picaporte y abrió.

No podía creerse que dentro aún hiciera más frío que fuera. Caminó pegada al muro por lo que parecía una habitación sin encontrar el interruptor. La ropa rasgaba contra la pared como un susurro ronco. Rebuscó en su bolsillo y sacó el teléfono móvil. Con la luz de la pantalla intentó alumbrar pero no servía de mucho.


Un sonido afilado cortó el silencio haciendo que se pegara tanto a la pared que pareció que quisiera fusionarse con ella. Tapó el teléfono en su pecho y contuvo el aliento. De nuevo, algo afilado sonó. Esta vez más cerca de ella y rezó para que aquello no fuera nada y si lo era, que no pudiera escuchar el frenético ritmo al que latía su corazón. De re filón le pareció ver algo en el suelo, algo peludo. “Una rata no por favor”.  Notó un roce y saltó hacia el centro. Esta vez, junto con el sonido metálico, creyó ver unos ojos negros y se le formó un nudo en la garganta. Giró sobre sí misma buscando el origen de aquello, sintió un movimiento, apuntó con el móvil y lo vio. Era insólito. No creyó que fuera posible, no podía ser real pero así era. El peluche favorito de su hija, un osito de felpa color gris y ojos negros, estaba abalanzándose sobre ella con un cuchillo en uno de sus extremos. Antes de poder reaccionar el muñeco maligno silenció su grito rajando su garganta. Mary dejó caer el móvil al suelo al llevarse las manos a la garganta sin embargo, poco después se desplomó en el suelo junto a él.  Mientras la vida se le escapaba unos pequeños pasos se le acercaron y lo último que consiguió ver gracias a la luz del teléfono fue como la sangre formaba un charco bajo unos pies descalzos.

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