viernes, 20 de enero de 2017

Luna

La música se detuvo en cuanto la vieron aparecer  por la puerta. El local estaba lleno de gente y aun así el sonido de sus tacones repiqueteaba en las paredes de hormigón del local. Algunos contuvieron la respiración al verla bajar por las escaleras, otros tragaron saliva olvidando que sujetaban sus propias copas en la mano.  Su coleta de caballo colgaba de un lado a otro como el péndulo de un reloj, casi sin tocar la piel descubierta de sus hombros.

Las luces eran de baja intensidad, sin embargo pudo ver como de la puerta metálica del fondo salía un hombre joven y enfadado.

-¿Qué demonios pasa? ¿Por qué habéis parado la…? – Cogió aire y sonrió, intentando disimular la sorpresa.- Luna, bienvenida a casa.

Hizo un gesto con la mano y todos se apartaron, creando un pasillo entre él y la chica.

-Salid de aquí.- Nadie se movió.- He dicho ¡qué os larguéis!

El grito de la joven desató una estampida de gente. La esquivaban al pasar, se empujaban en las escaleras sin mirar a quien pisaban y dejaron sus pertenencias atrás. Tras el caos, en el local solo quedaron ella y otros tres hombres jóvenes.

-Silver, veo que tus perros siguen sin dejarte solo ¿eh?

El jefe frenó a sus hombres,  se colocó los puños de su camisa blanca y metió las manos en el bolsillo, adoptando pose chulesca. La corbata gris tenía brillo, parecía estar bañada en plata a diferencia de su chaleco y pantalón de un gris más ceniciento.

-¿Cómo escapaste? – Gruñó uno de sus matones.

-La jaula donde me encerrasteis estaba muy bien hecha. Pagué un alto precio por la libertad. Nada comparado a lo que me hicisteis vosotros.

Se acercó a uno de los focos. Una cicatriz ancha, profunda y rosada le bajaba por el lado izquierdo de la cara. El ojo lo llevaba cubierto por un parche negro con el dibujo de una luna decreciente, roja e intensa como sus labios.

-Debería haberte sacado los dos. ¿Sabes? Conservo tu ojo izquierdo en formol. Lo miró las noches de luna llena.

Antes de un abrir y cerrar de ojos, Silver noto una brisa de aire a ambos lados, seguido de un crujido, después un par de choques y algo afilado cortando el aire. Se giró y vio a sus hombres ensartados con lo que parecían las patas de una butaca. Estaban clavados a cada lado de la puerta metálica. Se giró y vio a quien fue su prisionera limpiándose algo de sus leggins negros.

-¿Decías? Ah sí… que deberías haber sacado mis dos ojos. Bueno, te acabo de quitar a tus manos derecha e izquierda.- Sonrió y mostró unos colmillos bien afilados.- Y esto sólo ha sido por tu triste comentario. ¿De verdad creías que podrías quitarme mi negocio, encerrarme después de mutilarme y que no te pasaría nada? Eres más estúpido de lo que pensaba.

- No querías aliarte conmigo. Juntos podríamos haber levantado un imperio. Ya has visto la gente que tenía aquí. ¿Cuándo has tenido el local lleno?

-Nunca me interesó atraer a humanos.

-¿Qué? – La respuesta pareció chocarle.

-Eres imbécil. Llegaste a la ciudad creyéndote un mafioso exitoso. Comprando y robando negocios. Tenías suficiente pero como deseabas más acabaste aquí. Viste que una chica joven regentaba esto y creíste poder hacer lo que quisieras. Me amenazaste presumiendo de amigos poderosos.

-No pude tolerar tus insultos. Debía enseñar una lección a todos. Que aprendieran que pasaba si se negaban a mi.- La interrumpió.

-Lo recuerdo. Me drogaste, me mutilaste delante de todos y me tiraste en una jaula. A todo el que se opusiera a ti le llevabas ante mí para que vieran lo que les podía pasar. Y después de un tiempo ya no te hacía falta mostrarme. Te olvidaste de mi existencia y permanecí bajo llave.

-Y ahora estás aquí. ¿Qué quieres? Puedo pagarte más de lo que nunca antes has visto. Puedes ser mi guardaespaldas, acabas de dejar dos puestos libres.- Intentó ocultar su miedo con fanfarronería.

De nuevo, sintió una brisa pero esta vez frente a él. Algo se le atragantó en la garganta y escupió. Sangre. Bajó la vista y vio su traje atravesado por un brazo. Todo parecía ir a cámara lenta. El sonido del brazo saliendo de su caja torácica le heló la poca sangre que le quedaba. Alzó la mirada y vio a la chica sonriendo quien se sacudió el brazo y le salpicó la cara con su propia sangre. Las rodillas le fallaron. Todo a su alrededor se nublaba. Cayó de frente, golpeando el suelo con fuerza.

-Creí que le harías sufrir más.

Luna se giró y de las sombras del fondo apareció un anciano. A pesar de su apariencia delgada y pálida andaba firme con las manos en la espalda.

-Señor.- Inclinó levemente la cabeza.- No merecía la pena. Escuchar sus gritos solo me levantaría dolor de cabeza.

-Ya no hay locales decentes por aquí.- El anciano miró con desprecio los cuerpos.- Los humanos son una plaga.

 -Bueno…Su hijo en un encanto.

-Sí, he de reconocer que estoy orgulloso de él.

El anciano esquivó el charco de sangre que se estaba formando en el suelo.

-¿Qué harás ahora?

-Buscar a su hijo. He de pagar por mi libertad. Le prometí que abriría un nuevo local en su ciudad.

-Chico afortunado. Ha conseguido lo que yo nunca pude. A ti.


Luna rió mientras se limpiaba la sangre de sus garras.

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