miércoles, 18 de enero de 2017

Reencuentro

Estar en casa era un castigo. Las discusiones entre sus padres cada vez eran más insoportables. Nunca llegaban a las manos, todo lo contrario, acababan desencadenando en una reconciliación bastante erótica que no quería escuchar. Eran demasiado escandalosos.  La mejor forma de desconectar era ponerse lo auriculares con la música alta, coger su cámara polaroid, salir a la calle y caminar sin rumbo. El frío invernal dejaba las calles desiertas. La gente prefería estar en el calor del hogar que paseando por las calles y a Allison le encantaban las calles deshabitadas de la ciudad. Sobre todo en esa zona. Al estar lejos del centro estaba más vacía, casi no había comercios y tenía rincones ocultos que poca gente conocía.

Casi siempre terminaba el paseo en un callejón en forma de L. En el final había un pequeño jardín con bancos de piedra y en una fachada de cemento, que resultaba ser la parte trasera de un frontón en la que había una escultura de un ángel. Siempre se había preguntado quien mandó construirlo y por qué. La zona estaba bien cuidada, era obvio que casi nadie la conocía y no podían apreciar la tranquilidad y belleza del lugar.

Allison siempre se tumbaba en el banco que estaba justo debajo y se quedaba mirándolo hasta que empezaba a oscurecer. No había farolas y los pisos que formaban el resto de paredes del callejón no tenían ventanas hacia ese espacio.

Cerró los ojos y la oscuridad tras ellos se iluminó. Al abrirlos se encontró a una figura masculina flotando sobre ella. Su ropa parecía una sábana mal atada alrededor de su cuerpo, dejando al descubierto su cuerpo tonificado. Su rostro se recortaba ensombrecido a contraluz, pero el brillo detrás de él se reflejaba sobre su ondeante pelo castaño. Posó los dedos sobre las mejillas de la chica y se estremeció al tacto. Frías y lisas como el mármol. Sus dedos se deslizaron por la piel hasta llegar a sus labios.

-Acéptame Allison.

-¿Cómo sabes mi nombre?- Respondió con un susurro seco.

-¿Cómo no saberlo? Eres la única que viene a verme.

Pudo notar la sonrisa en sus palabras mientras sus dedos seguían trazando senderos por su rostro.

-Cr-creo que no.

El ángel se detuvo y solo el movimiento de la tela y su pelo mostraban que no había regresado a su forma pétrea.

-¿No? Te estás durmiendo para siempre.

-¿Me estoy muriendo? - Allison intentó levantarse pero la detuvo. -¿Cómo? No lo he visto venir. Sólo me tumbé aquí…

-Estabas con la música alta. No escuchaste venir a tu agresor. Lo vi llegar, te vi en peligro y desperté. No tengo permitido moverme salvo en fechas marcadas. Me costó mucho soltarme de mis ataduras.- Su pulgar acarició el pómulo de la joven.- Caí con toda mi furia sobre ese hombre pero no tuve cuidado. Los escombros que se soltaros al romper mi amarre cayeron sobre ti. – Tomó aire.- Lo siento.

- Esto no puede ser real. – Gimió con tristeza.

Allison giró el rostro y se dio cuenta que no había nada a su alrededor. No había jardines, ni ruido, ni paredes, ni suelo… Solo ellos dos en la oscuridad y la luz a la espalda del ángel.

-Ven conmigo, te compensaré por mi error… Acéptame Allison.

La muchacha tragó saliva y pasó los brazos tras el cuello de la escultura viviente. Era frío y suave pero también blando al tacto. Esperaba que fuera duro como la piedra pero tenía el tacto del cuerpo humano. Él se inclinó más sobre ella, su pelo le cosquilleaba la cara y sus labios se esperaban por escasos centímetros. No sabía por qué pero se sentía a salvo, sin miedos, casi en paz.

-¿Cuál es tu nombre? – Susurró la chica.

-Ertael.

Presionó los labios sobre los de ella. Primero fue algo suave y ligero que dio paso a algo más profundo. Las bocas de ambos parecían reconocerse mutuamente, como dos amantes que se reencontraban después de una larga separación. Se anhelaban. Les costó un gran esfuerzo separarse.  La oscuridad se volvió luz y sus miradas por fin se encontraron.  Allison sintió que le conocía, que ese era su lugar y su momento. Su destino.

-Te acepto Ertael.


De nuevo, sus bocas se fundieron. Les envolvió un brillo, como una esfera de calor creciente que explosionó y destrozó aquel callejón.

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