domingo, 19 de febrero de 2017

Alea

En el país vecino las guerras estaban activas. Vivir en Junka, una isla con suministros propios, les mantenía a salvo durante un tiempo. La gente de allí sabía que solo era cuestión de tiempo que quisieran invadirles y robarles. Su única defensa eran los rezos a sus dioses para mantener los barcos alejados y continuar con sus pacíficas vidas.

Kieshka era una de las deidades que adoraban en la isla. La representaban como un pájaro grande, del tamaño de las aves de caza y plumas turquesas del color del mar. El origen de que creyeran que era un pájaro se debía a los relatos de los pocos que la habían visto volar a la luz del día, después de obrar lo que ellos llamaban milagros. Su vestido turquesa ondeando en el cielo y entre las ramas de los árboles empezó a crear esa leyenda sobre su apariencia. No le disgustaba el animal que habían escogido. A algunos de sus antepasados les había representado en formas graciosas que habían dado lugar a chistes entre los de su raza.

Se ocultaban entre las cuevas de las montañas. Allí donde los humanos no podían llegar. Casi no se relacionaban con ellos. La adoración podía convertirse en medio y darles caza como había pasado en países vecinos.

Era otro día más en la isla cuando Kieshka bajó de la montaña hasta uno de los rincones secretos de la playa. Gracias a que su acceso era peligroso, podían disfrutar de ese rincón sin temer ser descubiertos.
Estaba chapoteando en la orilla del mar cuando escuchó un gritó seguido de algo caer en el agua. Corrió hasta el origen del sonido y se escondió cuando vio salir a una chica de color dando grandes bocanadas de aire. Al parecer intentaba bajar con cuidado por la pared rocosa. Se quedó mirando como su larga cabellera se le pegaba al cuerpo como sanguijuelas mientras ella luchaba por ponerse en pie. Cuando la joven consiguió salir se desplomo de espaldas en la arena y comenzó a reír.

-Oye, te vi cuando caía.

La joven tumbada sobre la arena giró sobre sí, mirando hacia las rocas en las que la deidad se escondía de su mirada.

-No voy a hacerte daño. No podría. Solo soy una humana.- Insistió.

Kieshka salió. No temía a los humanos y menos en un uno contra uno.

-Gracias.- Dijo la morena mientras se colocaba en pie y despegaba la tela de su cuerpo, intentando estar presentable.

-¿Quién eres?

-Soy Alea. Vivo en una de las aldeas del este de la isla.

-Eso está lejos de aquí.- Apartó de su mente el destello de un recuerdo.

-Creí que tardaría menos en llegar. Llevo tres días de viaje.

Cuando Kieshka llegó a su lado vio un corte en su brazo, colocó la mano sobre la herida y la sanó ante la atenta mirada de la chica. Al terminar retiró la mano. Alea se la sujetó y besó sus dedos, sonrojada. La deidad estaba acostumbrada a ver la pasión de los fieles en los altares y reuniones para rezar pero era la primera vez que lo vivía en su piel.

-N-no hace falta que hagas eso.- Consiguió musitar retirando la mano del agarre.

-Lo siento, no he podido evitarlo. Te he estado buscando.

Kieshka se puso en guardia, preparada para defenderse. Alea, al ver su reacción, agitó las manos para mostrar que no era peligrosa, se apartó sus rizos negros de la cara y mostró sus ojos azules. La deidad contuvo la respiración y no se alejó cuando la chica ser acercó a ella y tomó sus manos, llevándoselas a la mejilla.

-Tú eres la chica que se perdió en las montañas hace medio año. A quien guié de vuelta a casa.

-Así es. No solo me guiaste de vuelta  a casa. También hacia comida y agua para que sobreviviera al viaje. Me encontraste cuando estaba mal herida y me curaste.- Llevó las manos hasta su frente.- Noté tus labios aquí, el calor que desprendiste. Cada día que nos acercábamos a la aldea me invadía un sentimiento de tristeza que me confundía. Dime que tú también lo sentiste.

-Sí, lo sentí.

La piel blanca de la deidad destacaba sobre la tez oscura de Alea.

-Cuando me dejaste en mi hogar, aunque todos estaban felices por mi regreso yo sentí que te habías llevado mi corazón. Cada día que pasaba me hundía más en la tristeza, deseando verte en las alturas. Aunque nunca te dejaste ver con claridad he sabido que eras tú cuando me has sanado. Mi corazón ha reconocido la sensación. Te echaba de menos.

Kieshka había tratado de olvidar aquella historia porque le había ocurrido lo mismo. Después de dejarla sana y salva se había pasado una buena temporada en las montañas, alejada de sus iguales, mirando hacía los bosques que los protegían. Echaba de menos los días en que guiaba en la distancia a la chica perdida. En como escuchaba sus historias, su risa, sus quejas. Como trató de alcanzarla como un juego del escondite entre las dos. Como la observaba dormir quería abrazarla para protegerla del frío. Nunca olvidó su mirada el día que la dijo adiós. Pensó que no podría volver a sonreír jamás.

-Alea…

La joven volvió a llevar los labios a sus manos. La deidad se soltó de nuevo de su agarre para sujetar el mentón de la chica, alzarlo y besarla. La boca de Alea era salada, sus manos se enredaron con timidez en su cabello rubio. Profundizó más en el beso, obligándola a arrodillarse con ella sobre la arena. Exploraron sus cuerpos mutuamente con las continuas caricias del mar.

No contaron las veces que vieron anochecer y amanecer mientras estaban allí. Habían acondicionado una cueva de la pared rocosa. Su rincón, su hogar podría ser cualquier sitio siempre que estuvieran juntas. Jamás se volverían a separar.


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