martes, 7 de febrero de 2017

Compañeros en la sombra

Capítulo 3
Ian

Aún le dolía el pie pero prefirió aguantar el dolor y rechazar la oferta de Unax de pedir un coche. Quería llegar a su pequeño apartamento y descansar de nuevo. Había disimulado lo mejor que podía frente a su compañero pero la verdad era que sólo quería volver a dormir.

Se acarició la frente, ahí donde Unax le había tocado. Aún podía sentir el calor de su tacto. Se había imaginado que tendría una piel fría. No estaba seguro de qué le había sorprendido más. Qué le tocara tan gentilmente o la temperatura de su cuerpo.

 -Ian.- Reconoció la voz a su espalda.- ¿Estás bien?

-Hola Sharon, ¿qué haces aquí?

La mujer se acercó y le quitó las bolsas de la mano, (dentro estaba la ropa que llevaba puesta la noche anterior). Un monovolumen gris plata y con los cristales tintados aparcó delante de ellos.

-Monta. Lilith quiere verte.

El rubio obedeció. A la mañana siguiente después de cada misión Lilith quería un informe. Nada de por escrito, en persona, y su ayudante siempre se aseguraba de que así fuera.

-Ian, no has respondido. ¿Estás bien?

Sharon le puso una mano en la mejilla y él asintió, retirándole la mano con suavidad. Siempre intentaba ser amable con ella, devolverle la amabilidad que ella le ofrecía. Le apretó los dedos y la sonrió. La mujer parecía satisfecha. Era joven, poco mayor que él. Desde que la conocía nunca la había visto con ropa que no fuera ajustada, bien entallada. “Sexy y elegante” se había definido una vez.

Llegaron rápido a un hotel de cinco estrellas. Era una tapadera. Nunca se anunciaba y siempre mostraba el cartel de completo. La recepción era lujosa, cualquiera que entrara vería lo típico de un hotel. Algunos turistas entraban a sacar fotos antes de que un guardia de seguridad o los de recepción les invitaran a irse.

Siguió a Sharon al ascensor principal. Seguía cargando con sus bolsas sin perder la autoridad que desprendía. Los empleados inclinaban ligeramente la cabeza al verla. Ian se apoyó contra la pared del ascensor y cerró los ojos. Podría darse una pequeña cabezada en lo que subían al último piso. Cuando las puertas se abrieron abrió los ojos asustados, siempre había odiado el tono de aquel timbre. Aunque había recorrido esos pasillos desde pequeño, nunca dejaban de parecerles que se alargaban a cada paso que daba. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas, como siempre, ocultando tras la madera oscura las diferentes habitaciones. Esa planta estaba guardada para lo personal a diferencia de las inferiores que estaban llenas de gimnasios, despachos, bibliotecas, salas de castigo…

Llegaron a la habitación de Lilith. Se abría en abanico hasta una escalera al fondo. En lo alto estaba su cama. Desde abajo no podías verla, desde arriba, podías ver quien entraba a los aposentos. Su cama estaba cubierta por cortinas doradas a juego con la alfombra que empezaba en la puerta y subía por las escaleras.

-¡Ian!

Una mujer de color y largos rizos rubios saltó de las espaleras, corrió la distancia que los separaba y le estrechó entre sus brazos. Su piel era suave como la seda. El vestido azul de mar hacía juego con sus ojos.

-¿Estás bien?- Las manos oscuras de la mujer le inspeccionaron el rostro. – Estás agotado…

El rubio tomó sus manos y asintió. Ella le arrastró hasta uno de los laterales de aquella majestuosa habitación. Un rincón que parecía una pequeña salita. Se sentó, obligándole a sentarse junto a ella. Hizo un gesto para que Sharon se marchara y les dejara solos.

-El informe de la misión…

-Deja eso. Te mandé venir porque quería asegurarme que estabas bien.

Ian se sentía protegido junto a Lilith. Siempre había admirado  su belleza eterna. Desde que tuvo uso de razón no había cambiado su aspecto. Su tez oscura contrastaba con sus rizos dorados. Era su color natural de pelo junto con sus ojos aguamar. Le gustaba vestir con colores claros, blancos sucios, marfiles, colores perla… Nada de colores chillones ni oscuros. Incluso en el escaso maquillaje que usaba en sus párpados, o el brillo de sus labios. Claro. La primera vez que vio su ropa manchada de sangre no se asustó, simplemente la aconsejó que usara colores oscuros para el trabajo.

-Impacta más si lo ven así. Es lo que busco.- Y sonrió.

La conocía lo suficiente para saber que no sabía grandes cosas de ella, que era peligrosa pero por alguna razón lo había criado como a un hijo. Que ambos mantuvieron las distancias, intentando no vincularse a algo más cercano.

-Trabajo es trabajo. - Insistió Ian, relatando a continuación todo lo sucedido en la misión, como por primera vez había sentido la resaca del uso del poder de Unax, que ya tenía algunas respuestas a su curiosidad.

Lilith no quiso responder a sus nuevas preguntas, las desvió recordándole que debería descansar, dejándole volver a casa. Así lo hizo. Le pidió a Sharon que le dejase volver solo, a lo que no se negó.


Su apartamento estaba a las afueras de la ciudad. El barrio fue de los más animados en el pasado pero ahora, destacaba por su abandono. Eso le gustaba mucho al rubio. Investigó la zona y le atrajo que tanto humanos como seres de lo sobrenatural carecieran de interés por rondar por allí. Anteriormente había sido motivo de peleas pero desde una gran pelea, todos huyeron, los humanos percibieron el ambiente raro en el que se había transformado y se fueron marchando de allí. Los edificios dejaron de venderse, los negocios quebraron. Gracias a ese ambiente, no había bandas estancadas allí.

El dueño del edificio donde se encontraba su apartamento pensó que era una broma cuando le localizó para alquilarlo. El rubio le pagó un año por adelantado, se encargó de la reforma, de abrir los suministros, los permisos. El propietario, más que satisfecho le ofreció venderle el edificio. No descartó aceptar esa opción en el futuro.

Apenas había luz en el exterior. Las farolas dejaron de funcionar hacía muchos años. Había escogido el edificio más cerca de un antiguo parque y más separado de los demás. Formaba un raro efecto en el que a sus extremos había dos edificios separados, pero delante, un parque y bosques. Aun habiendo carreteras cerca, el sonido del viento en las copas de los árboles, lo aislaban. Su apartamento era casi un ático. Lo cerró de tal manera que las escaleras a la azotea solo estuvieran para él.

Cinco pisos andando, con el mármol crujiendo bajo sus pies. El esmalte de la barandillas estaba cascarillado, si no tenía cuidado se le clavaba en la piel. El olor a humedad y polvo cargaba el ambiente. Se decía así mismo que un día limpiaría el portal e inspeccionaría mejor cada piso para que su apartamento no volviera a empañarse de ese olor.

Cuando por fin entró en su apartamento, se descalzó con los pies, lanzo las botas de cualquier manera y se dejó caer sobre la cama. Le dolió el golpe en la nariz, pero eso no impidió que se quedara dormido.


-Ey…¡Ey!

Algo le golpeaban los hombros. Al principio quiso patearle hasta que recordó que él vivía solo. Se giró de golpe y sacó el cuchillo que escondía bajo la almohada. Esquivó su ataque, le agarró de la muñeca y volvió a tumbarle boca abajo sobre la cama. Notó una rodilla, clavarse en su espalda.

-¿Quién eres?

No podía creerse que alguien se le hubiera colado en casa. Si no estuviera tan cansado se le habría quitado de encima en menos de tres segundos.

-¿Ya no me recuerdas Ian?

El aliento de su atacante en el oído le estremeció de forma poco agradable.

-Suéltame Aaron. ¿Qué haces aquí?

Por fin liberado del agarre, el rubio se giró y miró con rabia al chico que tenía delante. Su pelo corto y rojizo caía como lágrimas de fuego a ambos lados de su cara. Clavaba su mirada verde en el rubio y sonreía con suficiencia.

-Escuché que tomaste el trabajo suicida. No podía creerme que los favoritos trabajaran juntos. Me hubiera gustado ver la cara de Lilith.

-Si has venido a regodearte, te has equivocado de sitio.

-He venido a ver si seguías vivo. – Se dejó caer en la cama, cruzando los brazos tras su cabeza.- Trabaja para mí. Podrías pagarte un lugar mejor.

-Aaron, si quisiera lujo, seguiría viviendo en el Hotel. La verdad ¿por qué estás aquí?

-¿No quieres preguntarme como te he encontrado?

Ian se encogió de hombros, intentó levantarse pero el pelirrojo no le dejó.

-No es un secreto que vivo aquí. Te habrás enterado en el Hotel.- Se soltó de su agarre y se levantó.

Había anochecido, miró su móvil y se sorprendió. Había pasado un día entero.

-Tengo que irme. Podría tener trabajo.

-Ian, Ian. Siempre pendiente de las misiones. Disfruta un poco de la vida. Ven conmigo a tomar algo. Hoy hay una fiesta.

-Siempre hay una fiesta. Primero tengo que comprobar si tengo trabajo.


Aaron le quitó el teléfono y le insistió en que fuera a la ducha, que él se encargaría de hablar con Sharon. Cuando salió, ya vestido y comprobó su buzón y que todo estaba en orden, aceptó la invitación del pelirrojo.

1 comentario:

  1. Siento que me pongo al día con la lectura.��
    Pero no me fio de Aaron��

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