lunes, 13 de febrero de 2017

Dulce gominola

Stiles estaba sentado sobre su moto con la mirada fija en la tienda de gominolas y dulces de la plaza. Siempre que se paraba a descansar allí, veía como los niños pedían dinero a sus madres para ir a comprarse chuches mientras él bebía un batido de chocolate camuflado en un vaso de café.

Por alguna razón acabó cogiendo la costumbre de pararse allí a desconectar después de cada trabajo. Poco después se dio cuenta de que siempre acababa mirando lo mismo. No disfrutaba de los jardines, ni de los paseos de otras personas, solo miraba la tienda de golosinas y su dependiente. Cuando quiso verle más de cerca fingió buscar una papelera donde tirar su vaso, otro día caminó delante del escaparate fingiendo que hablaba por teléfono. En otra ocasión fue con una lista apuntada en un papel mal cortado, como si estuviera haciéndole un favor a alguien comprándole dulces. Esa fue la primer vez que intercambió palabras con el chico de ojos azules y brillante sonrisa. Cuando sus manos se rozaron al recibir el cambió se alteró tanto que al marcharse se estrelló contra una estantería, tirando todas las bolsas de snaks al suelo. Se excusó diciendo que tenía prisa y no le ayudó a recoger. Después de esa ocasión le observó desde su lugar habitual tras unas gafas de sol.

Su teléfono sonó sacándole de sus recuerdos. Tenía trabajo. Se colocó el casco después de echar un último vistazo al chico y condujo hasta su piso. Una carta en el buzón. Ese era el medio de comunicación. Quien asignaba los trabajos tenía un mensajero que depositaba toda la información del trabajo en un sobre de tamaño folio y color negro. Se lo metió dentro de su cazadora y subió hasta el tercer piso andando. Su bloque no tenía ascensor y la mayoría de los vecinos eran ancianos demasiado mayores para mirar por las mirillas.

Se descalzó y se dejó caer en toda su largura sobre el sofá. Al abrir el sobre el mundo se quebró.

Era él, el chico de la tienda de gominolas. Apenas leyó que se llamaba Derek antes de que todos los papeles se resbalaran de sus manos.

-¿Quién querría matar a alguien como él? Solo por su sonrisa debería ser caballito blanco.

Su voz estaba cargada de rabia. Se levantó, pateó la mesa y se dejó caer de nuevo sobre el sofá, dolorido. Recogió los papeles arrugándolos en sus dedos y comenzó a leer toda la información.

Le habían facilitado toda la información para acceder a su piso, situado encima de la tienda. Sus datos personales adjuntadas con fotos, fotos que Stiles ya había decidido que no destruiría. No habían escrito el motivo del encargo, rara vez lo hacían pero si una palabra de seguridad.
-Mmm así que no están seguros de querer acabar con él.
Sujetó la cabeza entre sus manos, cabizbaja, maldiciendo que le hubieran encargado algo así. Tenía una gran reputación, rápido, limpio y eficaz. Deseaba que su teléfono sonara ya con la palabra de seguridad, que lo cancelaran. Podría negarse a hacerlo pero entonces mandarían a otro.

Se preparó. Cogió su arma, la escondió a su espalda y se abrocho la cazadora de cuero sintético. La información era explícita. Exigían puntualidad en la hora marcada.

Subió hasta el piso de Derek y abrió la puerta con la llave que le habían facilitado. Tal como le habían informado, la puerta era muy silenciosa. El lugar estaba a oscuras, caminó con sigilo hasta el salón y se le paró el corazón al verle sentado sobre una silla de despacho, de espaldas. Se acercó más, apuntó con el arma y contuvo la respiración.

No puedo hacer esto. No quiero.” Se repetía a sí mismo retrocediendo por el camino que había llegado.
-Lobo.

Stiles se detuvo de golpe y el joven giró en la silla clavando la mirada en él. Su sonrisa parecía iluminar la estancia. Se levantó y caminó hacia el joven asesino.

-Hola Stiles.

-¿Cómo sabes la palabra de seguridad? - Levantó el arma, apuntándole.

-He dicho Lobo, Stiles.

- ¿Y por qué sabes mi nombre?

-Porque yo te contraté.

Derek se acercó hasta él, posó la mano sobre el arma, se la quitó y la dejó sobre una mesita cercana.

-¿Por qué, Derek?

-Por fin oigo mi nombre de tus labios.

Stiles le agarró del cuello de la camisa y le atrajo hacia él. Sus bocas se unieron chocando dolorosamente los dientes. Un beso desesperado y torpe. Se apartó con la misma brusquedad, frotándose con el dorso de su mano.

-¿Por qué?

-Tienes muchas preguntas, Stiles.- Se limpió un poco de sangre de los labios.- Conozco el mundo por el que te mueves, conozco tu reputación. Viendo que pasaba el tiempo y no te atrevías a dar un paso más para conocerme, decidí contratarte para que vinieras a mí.

El chico se sonrojó, mirando avergonzado los mismos ojos azules que le habían descolocado la primera vez que habían hablado.

-Bueno, acabo de dar un paso, ¿no?

-Sí, y ahora quiero otro.

Esa vez, Derek condujo el beso. Un beso más lento y experimentado que estremeció al joven asesino, abrazándose a su espala para no ceder ante sus rodillas temblorosas.
Los besos dieron paso a conversaciones, las conversaciones a risas y las risas a más besos hasta el amanecer.



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