miércoles, 15 de febrero de 2017

Hunters

Tendría unos diecinueve años cuando Ethan la encontró. Ya por aquel entonces se defendía bien, siempre había sido rápida pero luchaba con la rabia y la frustración de quién hace de la caza algo personal. La noche en que el vampiro la conoció, ella se limpiaba una herida abierta con cuidado con los cuerpos de dos vampiros a sus pies. No hacía muecas de dolor, ni había lágrimas en sus ojos, pese a que la herida sangraba mientras ella la limpiaba. La primera sorpresa que Ethan se llevó con ella fue que tuvo que ver la sangre para darse cuenta de que estaba allí. Generalmente podía olerla casi a kilómetros, cualquier vampiro podía hacerlo, especialmente los antiguos. Pero con ella no. No era la sangre lo que le estaba conduciendo hacia la chica. En cuanto Kristine notó su presencia, se llevó las manos ensangrentadas al cinturón para coger su arma y en un simple parpadeo se encontraba amenazando al vampiro con ella sin vacilar. Ethan no pudo evitar sonreír.

- No voy a hacerte daño.

- Ya, claro.

- Yo no soy como ellos.

Ethan procuró no moverse. Cualquier intento de acercarse a la chica desembocaría en ésta atacándole sin dudar ni un segundo, de eso estaba seguro.

- Vamos a ahorrar tiempo. -dijo Kris- Finjamos que yo me creo semejante chorrada, acto seguido tú te lanzas a mi yugular intentando convertirme en tu cena y eso nos trae directamente al punto en el que nos encontramos. Así que…

- Escucha, no voy a pelear contigo. Llevo observándote un par de noches, peleas bien pero creo que tienes motivos personales que debes dejar atrás para ser una auténtica cazadora. Los recién convertidos son fáciles… Pero los antiguos, los demonios, los torturados, todo eso puede costarte la vida.

- Ahá. Y todo eso te importa porque…

- Quiero ayudarte.

- Eres uno de ellos. Un vampiro. ¿Y quieres que me convierta en una asesina?

- ¿Por qué no empezamos por el principio? Mi nombre es Ethan.

Ganarse la confianza de la chica no fue fácil, mucho menos aún rápido. Pasaron meses hasta que la chica se acercó a él sin un arma en la mano.
Ethan fue poco a poco con ella. La dio espacio, entendía su desconfianza. Nunca la preguntó cuáles eran sus razones para cazar. Sin embargo, unas cicatrices en su cuello y sus antebrazos le hacían sospechar. Ella procuraba taparlas, pero a medida que se permitió confiar en él, parecía olvidar que estaban ahí.
Pasado casi un año desde su primer encuentro, Ethan logró que Kristine se mudase a su casa. Los motivos de él eran lógicos: pasaban prácticamente todo el tiempo juntos, estudiando y entrenando. El vampiro era un duro entrenador, pero ella se fortalecía ante cada golpe. Disfrutaba entrenándola, viendo como aprendía con una rapidez que no había visto hasta entonces. Nunca se había planteado que una humana pudiese enfrentarse a un antiguo y sesgar su vida antes de que el vampiro llegase incluso a reaccionar. Era rápida, feroz y mortal.

Lo que nunca la dijo, era que sus motivos también eran algo más personales.

Además de ser letal, aquella chica era como un imán para él. Había algo en ella que le llevaba más allá de querer protegerla de todo daño. Recordaba la primera vez que se había quedado dormida recostada sobre su brazo. Aún ni siquiera era capaz de acercarse a él con tranquilidad, pero tras una intensa jornada de entrenamiento, Kris estaba exhausta. Se habían sentado en uno de los sofás que el vampiro tenía en su biblioteca y mientras él trataba de explicarla los puntos débiles de un demonio menor, ella terminó dormida sobre él. Pasó cinco horas en la posición más incómoda que podía haber tomado, sin mover un músculo. Cinco horas, en las que pudo contemplarla por primera vez sin observar aquel gesto permanente de desconfianza y dolor en su rostro.

Pero ella no era para él. Kristine era humana y él sabía mejor que nadie que aquel tipo de uniones no era factible. Lo único que conseguiría sería hacerla infeliz. Él se alimentaba de sangre humana, aunque no matase a los recipientes era consciente del daño que hacía. La mordedura de un vampiro causaba placer a las víctimas, que consumidos por la droga que emanaba de los colmillos de las criaturas, no oponían resistencia. Pero si a un humano le mordían demasiadas veces, comenzaban a tener una reacción muy similar a la de cualquier adicto a las drogas. Había humanos que se ofrecían a ser recipientes, pero a él no le gustaba alentar ese tipo de comportamientos. Ethan sólo se alimentaba de humanos desdichados, gente sin futuro. Se alimentaba de ellos una vez y curaba las marcas que dejaba su mordedura. Nunca había sido capaz de contárselo a Kristine. Por lo que ella sabía, él se alimentaba de sangre animal. De hecho, así fue durante un tiempo, pero no pudo mantener aquella dieta. Al cabo de unas semanas enfermó. Apenas podía levantarse, y el sol le debilitaba hasta dejarle sin fuerzas.

Con los años, consiguió ganarse la confianza de la morena. Una de las primeras veces que consiguió hacerla sonreír, fue un catorce de febrero. Ethan era un antiguo. Llevaba en la tierra muchos más años de lo que él mismo estaba dispuesto a reconocer, y no podía evitar sacar a relucir al caballero romántico que vivió en una época en la que los grandes gestos eran pura educación. Aquella noche Kris y él habían salido de caza. La chica había terminado con un pequeño grupo de vampiros sin su ayuda, tan sólo con un par de rasguños en los brazos. Ethan la curó, notando como, por primera vez, ella no se apartaba ante tu contacto. Eso le alentó y mientras volvían a casa, decidió atravesar un viejo cementerio que era uno de sus lugares favoritos de la ciudad. Caminaban en silencio, algo que había aprendido de ella era que se sentía cómoda estando en silencio junto a él. Con delicadeza, la condujo hasta una tumba que estaba adornada con una hermosa estatua de la diosa Atenea. Era raro ver una representación de un dios griego en un cementerio, pero la diosa parecía guardar el alma que le había sido encomendada con ferocidad. A su lado había un pequeño rosal. Ethan cogió una de las rosas que brotaban de la parte que estaba más cerca de la estatua y, tras quitarle las espinas, se la dio a la chica. 
Ella le miró, estrechó su mano con fuerza y, mientras retomaban su camino, sonrió. Y él tomó la decisión de repetir aquel gesto cada catorce de febrero.


Una vez al año, se juró, se permitiría sentir.

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