martes, 14 de febrero de 2017

La flecha de Cupido

A diferencia de las creencias populares Cupido no existe. Ya no existe. Pero dejó un legado. Otro error. No trabajaba con pañales, ni era un niño. No más de lo que dura una infancia en los seres como él. Cuando creció vistió acorde con la época (y se abrigaba mucho en invierno). Le parecía muy gracioso ser representado de esa manera. Tampoco trabajaban un día al año, si es cierto que el 14 de febrero la demanda de romances embriagaba demasiado el ambiente y tenían que poner más empeño, aparte de hacer más horas que el resto de días. Con el paso de los años formó a otros seres como él, con el don de acercar a las persona y ayudarles con un pequeño empujón. Lo de las flechas no es del todo falso. Su poder se representaba como una nube de humo a la que daba forma y color. Su chiste se convirtió en viral a lo largo de la historia. Formaba flechas de humo con un corazón rojo por punta. Lo lanzaba contra alguien y esta se evaporaba en su interior. No les obligaba a enamorarse, solo les regalaba la chispa que les faltaba para tomar valor y acercarse a la persona que le gustaba o hacia la persona de la sala que fuera más compatible, si anhelaban amor. No existía la garantía de romance eterno. Eso estaba en manos de los humanos.

-¿Cómo marcha la jornada laboral?

Un joven de cabello castaño y ojos marrones apareció entre las sombras. Siguiendo con el legado de trabajo y del chiste, en su mano llevaba un arco.

-Hola Romeo.

Helen sonrió, mostrando sus pequeños colmillos. Romeo sabía que pronunciar su nombre le hacía gracia debido a un famoso personaje y al tipo de trabajo que desempeñaba.

-Como cada año, mucho trabajo y la mayoría contentos.- La chica se estaba enroscando en los dedos sus tirabuzones rojos.

-No hacemos milagros. Los humanos deberían trabajar en el romance todo el año y no esperar a que algo mágico suceda este día.

-Pero algo mágico si sucede. Estamos nosotros.

-Helen, Helen. No tienes remedio. Casi olvido que te encanta ver las expresiones de los humanos después de ser tocados por la flecha de Cupido.

El castaño miró a la joven, más bajita y menuda que él. Estaba seguro que los días de viento se metía piedras en los bolsillos. Aun así, siempre le sorprendía con la fuerza a la que se aferraba a su arco, tanta que creía que podía partirlo.

-La mirada en sus ojos, ese pequeño rubor al sentir la chispa de decisión. El brillo de los ojos cuando toman la decisión y…

-Tan observadora y a la vez tan ciega, Helen.

 La chica se giró molesta, clavando sus ojos ámbar en los de su compañero. Caminó hasta colocarse delante de él. Le sacaba cabeza y media de altura pero eso no le impedía mirarle con ferocidad desde abajo.

-¿Por qué te enfadas siempre que hablo de esto?

- ¿Cómo no voy a enfadarme cuando hablas de los sentimientos de otros? Y además con el trabajo que tenemos…

-¿Pero por qué?- Apretó el agarre sobre su arco.- Nunca me dices nada.

Romeo suspiró, se pasó la mano por el pelo y desvió la mirada.

-Por eso digo que estás ciega. Deberías haberlo visto ya en vez de preguntarme.

Helen, se alejó ofuscada. El joven se planteó marcharse hasta que la vio volver con una pequeña banqueta de la mano, la colocó delante de él y se subió, quedando a la misma altura de sus ojos.

-Ahora estoy a tu altura. Venga, ¿qué pasa?

Romeo sonrió de la manera que conseguía sonrojarla, puso las manos sobre sus mejillas y besó sus labios. Se apartó, la miró y volvió a besarla de la misma manera. De forma suave, contenida y breve.

-¿Lo ves ahora?

Helen asintió, pasó las manos por detrás de su cuello y le atrajo hacia a ella.

-Yo también a ti, idiota.


La pelirroja vio el cambio en su compañero cuando escuchó sus palabras. Verlo en los humanos era emocionante pero al verlo en Romeo, no tenía palabras para describirlo. Helen se estremeció y lo besó. Desde hacía mucho tiempo correspondía a sus sentimientos.

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