viernes, 17 de febrero de 2017

Ojalá

-Estoy muy triste.

Musitó más para la bufanda que le abrigaba de la noche que para su acompañante. No quiso levantar su mirada oscura y encontrarse con los ojos comprensivos de su amiga. Le había mandado un mensaje para que se encontrara con él allí, en el parque donde habían crecido juntos. Estaban sentados en uno de los bancos de madera que había a lo largo del paseo de tierra oscura. Las sombras acechaban alrededor de los límites de la luz de las farolas, entre el cobijo de los árboles.

-Nate…

Notó las manos enguantadas de su amiga Bianca sobre su cabeza, despeinándole hasta conseguir que la mirase. La luz volvía plateado su pelo rubio y resaltaba la humedad que dejaba la niebla. Le recordaba a la imagen que el mismo se creaba sobre los ángeles guardianes. De piel pálida y ojos claros. Nunca sabía identificar el color exacto, parecían cambiar dependiendo del tipo de luz.

-Creí que ella y yo estaríamos juntos siempre... –un nudo en la garganta le dificultaba hablar.

- Tranquilo, respira. Tenemos todo el tiempo que necesites.

-Pienso que si no lo digo no es real pero eso no cambiará lo que ha pasado.

-¿Tan dura ha sido la ruptura con Gina?

Nate soltó una carcajada irónica y se recostó en el respaldo del banco. Miró el cielo esperando ver estrellas pero estaban ocultas tras las copas de los árboles que se unían entre sí. Nadie vio venir que su relación iba a terminar, ni si quiera él mismo. En el momento que escribió “Gina y yo hemos roto”,  en el mensaje de texto que envió a su amiga Bianca, esta le respondió con un emoticono de asombro y preguntando dónde estaba. En menos de quince minutos había llegado sin aliento, dejándose caer a su lado sin decir palabra. Esperando el momento a que él se decidiera a hablar.

-Peor. Quería darle una sorpresa sabiendo que había terminado sus exámenes. Le pedí la llave de su apartamento a su compañera de piso e iba a decorarlo todo. Tenía planeado crear una atmósfera romántica.

Pudo sentir como Bianca contenía la respiración y se obligaba a sonreír comprensiva, ocultando su propio dolor. Una parte de él se sentía culpable por acudir a ella en un momento así pero no pensó en nadie más. Siempre se habían lamido las heridas mutuamente.

-Siempre has sido muy detallista.

-Para mi desgracia. Cuando entré escuché ruidos y me asusté. Creí que la estaba pasando algo y dejé caer todo al suelo. El ruido no interrumpió lo que estaba sucediendo y mi presencia cuando llegué a la habitación, casi tampoco.

-No… No puede ser…

-Sí, Bianca, sí. La muy…- Apretó los labios y dejó salir el aire por la nariz.- Sí.

 -Lo siento. Siento que hayas tenido que pasar por algo así.

-Gracias.

Nate sonrió. Se sintió aliviado después de decirlo en voz alta. Estar con Bianca era relajante. Siempre que hablaba con ella parecía descargar casi toda la carga que acumulaba sobre sus hombros.  Había algo que no podía quitarse de encima y era ser consciente de los sentimientos de su amiga por él. Nunca se le había confesado y no hacía falta. Podía sentir como le seguía con los ojos antes de que ella fuera consciente de que lo estaba haciendo. Su manera de estar pendiente de él de forma natural. Como trataba con todas sus fuerzas ocultar el dolor de sus ojos cuando él le hablaba de su pareja. Los pequeños gestos entre ellos que la hacían sonrojarse. Se preguntaba por qué el no sentía lo mismo. Por qué no podía corresponder los sentimientos de alguien tan noble y dulce como ella. Alguna vez había deseado que su ahora ex pareja tuviera algo de Bianca. Era irracional porque aunque eso le gustaría, con ella no se le aceleraba el corazón como le pasaba con Gina. “Ojalá pudiera quererla de la misma manera.” Se culpaba así mismo por herirla de esta manera pero no podía evitarlo. No quería romper su amistad y perderla. Estaba convencido de que ella pensaba lo mismo y que por eso no se atrevía a dar el paso.

-Gracias Bianca. No sé qué haría sin ti.

Su amiga le cogió de la mano y agradeció el calor de la tela sobre su piel desnuda.

-Ahora no sé. De pequeños no hubiéramos sido tan trastos. Puedo ir a llenarla sus zapatos de piedras.

-¿Eso no se lo hiciste a una niña cuando íbamos al colegio?

-A tres.- Confesó la chica consiguiendo así que su amigo rompiera a reír.


Continuaron recordando viejos tiempos, ignorando el frío y el dolor. Disfrutando de los momentos de su amistad.

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