sábado, 11 de febrero de 2017

Sed

Sin lugar a dudas para él los domingos eran el peor día de la semana. Era el día en el que tenía que esforzarse al máximo para que sus instintos no escapasen de su dominio. No era sencillo. Durante el resto de la semana su trabajo en aquella estúpida fábrica mantenía su mente ocupada. Realizar acciones monótonas y repetitivas le ayudaba a mantener su sed de sangre a raya. Pero no le permitían trabajar los domingos debido a la excesiva cantidad de horas que lo hacía cada día.

Él sabía de sobra que aquel instinto, aquella voz en su cabeza que le pedía ver como la vida se escapaba del cuerpo de un ser humano, estaba mal. Era perfectamente consciente de que no debía pensar así. Pero ocurría. No sabía en qué momento comenzó a convertirse en lo que era, sólo sabía que estaba mal.

Al contrario que muchos casos similares al suyo, él nunca hirió a un animal. Estaba absolutamente convencido de que sus almas y sus vidas tenían mucho más valor que la de los humanos. Aún así, nunca se permitió el privilegio de tener una mascota, por mucho que lo desease algunas veces. Quizá un día su ansia se apoderase de él, y por nada del mundo quería verse en la tesitura de dañar a un animal.

Un humano, por otro lado, no le parecía tan mal. Quizá excluiría niños y ancianos, los primeros por no estar completamente “hechos” y los segundos porque, en su opinión, ya serían lo suficientemente sabios como para arrepentirse de sus muchos errores.

Eso aún dejaba un amplio margen de posibilidades. No hacía distinciones entre sexos o edades más allá de las que comentaba anteriormente. No se trataba de placer sexual, ni de sentirse poderoso. Se trataba de saber qué es lo que ocurría en el momento de morir. En quién pensarían, dónde acabaría su psique…

Sólo una vez, una hacía ya casi un año, sus instintos escaparon de su control. En su antiguo hogar, terminó con la vida de un hombre. No sabía quién era. No le había hecho ningún mal. Las probabilidades de que fuese una mala persona eran las mismas de que fuese un santo. Él llevaba varios días controlándose como podía, incluso medicándose para caer dormido. Le habían dado vacaciones en su antiguo trabajo, un buffete de abogados en el que se encargaba de un montón de papeleo que nadie quería organizar. Para él, esos días libres eran un verdadero infierno. Evitó salir de casa, pero llegado un momento, su suministro de relajantes se terminó. Y así, volviendo de la farmacia, tan cerca de volver a caer en un profundo letargo que le imposibilitase para cometer los actos que paseaban por su cabeza constantemente, aquel pobre hombre se cruzó en su camino.

No dudó. Le arrinconó contra un callejón y tras golpearle la cabeza contra la pared para hacer que perdiese fuerza, comenzó a asfixiarle. Incluso en aquel momento deseaba parar. Deseaba detenerse, no continuar con aquella atrocidad. Sabía que estaba mal, pero sus manos no se detenían, no podía controlarlas. Tenía que ver aquel momento, el segundo exacto en el que la vida terminaba, dejando sólo un montón de carne inerte e inservible.
Lo vio. El instante en el que ocurría, en el que los ojos dejaban de mirarle con terror y simplemente morían. Seguían abiertos, con aquella horrible expresión, pero ya no transmitían nada. La vida de aquel hombre había terminado. Por una décima de segundo, se sintió satisfecho por primera vez en toda su vida. Lo había conseguido, lo había visto.

Pero la dicha no duró mucho. Seguía sin saber a dónde iba, o qué le había pasado por la cabeza. Lo había hecho mal. Debía haber aguantado, haberse preparado. La sed volvió más intensa que antes. Y en ese momento, tomó la decisión de no volver a dejarla escapar jamás.


Con una triste expresión, echó un vistazo a las esposas que lo mantenían sujeto al radiador de su pequeña cocina. Cogió el bote de relajantes y se tomó uno, dejando que bajase rasgando su garganta. En pocos minutos todo iría mejor. Sólo quedaban unas horas para que la monotonía se encargase de todo.

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