jueves, 16 de febrero de 2017

Viaje

- ¡Me cago en la puta madre que lo parió! ¡¡Lynn, joder!!

Ijon se agarraba al asita del lado del copiloto como si le fuese la vida en ello. No terminaba de acostumbrarse a los coches y, por lo que parecía, tampoco a mi forma de conducir. Que sí, que un poco fitipaldi sí que he salido, pero tampoco para tanto…

- Nos vamos a matar.

- Eres un exagerado, pececillo.

Un gilipollas con un cochazo nos adelantó y se nos plantó delante. Le metí un bocinazo camionero y acto seguido Ijon me tapó la boca.

- Un día nos linchan, es que lo veo. ¿Y cuando vas a dejar de llamarme así? Creo que nunca me has llamado por mi nombrEL CAMIÓN, ¡¡EL CAMIÓN!!

- ¿Pero qué paaasa? -pregunté con tranquilidad mientras movía el volante, esquivando así a un camión que venía de frente por su carril, el cuál yo tenía invadido momentáneamente para adelantar al gilipollas de antes (lo cuál conseguí, por si las dudas). Hay quien a eso lo llama volantazo pero por exagerar…- Y sí que te llamo por tu nombre. A veces.

No es verdad. No lo hacía.

- No lo has hecho ni una vez.

El pobre estaba aferrado al asita y un poco más pálido de lo normal.
- ¿Estás seguro? -dije mirándole- Pues no sé… No es que no me guste tu nombre, pero entiéndelo, cuando te conocí tenías cola.

- Y ahora también. -dijo mirándome con media sonrisa.

¡Os dije que aprendía rápido, el amigo!

- De pez, sirenito, hablo de la de pez.

- Mira a la carretera por el amor de Poseidón ¡que nos vas a matar! Y de todas formas, ¿a qué viene el viaje de hoy? Pensaba que nuestro plan era terminar ese libro tan interesante que tienes en la mesita…

Ijon puso la mano libre sobre mi muslo con suavidad. Su mirada mientras lo hacía me puso cardíaca. No necesitaba nada más.

He de decir que la convivencia con mi pequeño pez desde que le salieron piernas, hacía ya varias semanas, era sorprendentemente sencilla. Nos acoplamos bien, la rutina era prácticamente igual que cuando vivía en mi bañera, sólo que ahora solía estar en mi sofá. Cuando trabajaba, me sentaba en el sofá con el portátil encima, y él se colocaba detrás de mí, leyendo lo que yo iba traduciendo. Aparte de eso, no hubo grandes cambios.
Bueno, sí que hubo uno… La cantidad de orgasmos que mi sireno había aprendido a regalarme desde que caminaba. Lo cierto es que desde que volvió del mar, Don Pececillo le había cogido el gusto a eso del apareamiento humano. Se había dedicado en cuerpo y alma a explorarme, y explorarse, en busca de un placer que hasta ahora desconocía. Y cuando os digo que Ijon aprende rápido…

Pero sí que había algo que conseguía irritarme bastante, y era la tranquilidad que irradiaba siempre en todo momento mientras que a mí, algo tan simple como la forma en la que estaba acariciando ahora mi muslo, me ponía como una moto.
Aceleré y, en dos segundos, mi sirenito quitó la mano de mi pierna para agarrarse con ella al siento.

- Lynn… ¡Lunn!

- ¿Qué decías, palito de pescado?

- ¿¡Puedes dejar de intentar matarnos!?

- Flojucho. -murmuré.

- En serio, ¿a dónde vamos?

- En algún momento tendrás que conocer mundo, ¿no? Hay vida fuera de mi cama. Casa. -rectifiqué, pero su sonrisa me dijo que era tarde.

- Entonces ¿vamos a explorar?

- Más o menos, pececillo. Más o menos.

Continuamos el viaje durante algo más de media hora. Sí, técnicamente le saqué unos 20 o 40 minutos al gps que decía que tardaríamos más en llegar, pero ya os he dicho que soy una fitipaldi. 
Además, me hacía ilusión ver la cara que pondría Ijon cuando llegásemos a nuestro destino.
Llevaba días dando vueltas al hecho de que debía echar de menos su hogar. No lo había mencionado ni una sola vez desde que volvió, pero yo lo sabía. Y si de alguna forma él había elegido salir del mar por… Bueno, por lo que fuese tampoco vamos a ponernos ahora a analizarlo todo ¿no? ¿Qué, qué decís ahora de miedo a enamorarse ni qué mierdas? ¡No sé de qué me habláis!
El caso es que después de pensar en cómo podía ayudar al merluzo, recordé que un buen amigo mío trabajaba como cuidador en un acuario. Así que le pedí un favor…
Una vez allí, Ijon me miró con una de sus bonitas cejas enarcada.

- Dime que no me has traído a ver animales enjaulados… -dijo él temiéndose lo peor.

- Un poco sí, pero tú confía en mí y tira.

- Lynn, ¿te das cuenta de que yo he vivido en el océano?

- ¿No se te metía el agua en la bocaza esa que tienes y que no cierras nunca?

- En serio, esto no es…

- ¡Calla ya, y tira!

Le arrastré hasta el interior, completamente vacío. Jai, mi amigo, me había dejado un juego de llaves de forma completamente confidencial y del todo ilegal. Ijon me miraba perplejo, pero me seguía aún no muy convencido. Siguiendo las indicaciones del plano turístico, le llevé hasta una gran sala en la que había mil ventanas y el techo era de cristal. Toda ella estaba rodeada por agua y, a su vez, por animales marinos. Ijon miraba a su alrededor, con una expresión que intentaba ser alegre pero reflejaba la pena que sentía en realidad.
Le cogí de la mano y le llevé hasta una de las puertas de personal autorizado. A través de ella accedimos a unas escaleras que nos llevaban hasta la zona en la que los encargados de mantenimiento y los cuidadores accedían a los animales.

- ¿Qué hacemos aquí, Lynn?

- Tú deshacerte de tus piernas y tirarte al agua.

- ¿Qué?

- Venga… Tienes que echarlo de menos. Un amigo me debía un favor y pensé que te gustaría darte un chapuzón rodeado de parientes.

- ¿Parientes?

- ¿Lejanos?

Él sonrió. Me agarró la cara entre las manos y me besó profundamente. En realidad creo que era la única forma en la que sabía besar. Según el sireno, si no te dejaban sin respiración, los besos no eran besos. Que lo había leído en un libro antes de tirar el dispositivo electrónico al agua de la emoción. Ése fue el primero que se cargó.

- ¿Me has traído hasta aquí para que pudiese nadar un rato?

- Sí, bueno… Es que mi bañera no te da ni para chapotear. Y los bichos le dan ambiente. O algo.

- Y haces que tu amigo te de las llaves de un lugar turístico y público para poder recorrerlo a nuestro antojo nosotros solos.

- Creo que la gente no se tomaría muy bien encontrarse a un sireno en el acuario.

- Lynn…

- Bueno, ¿vas a sacar la cola a pasear o has venido aquí a ver peces?

Ijon se echó a reír antes de mirarme con picardía.

- Madre mía, ¡te he convertido en un pervertido!

- No pretenderás hacerme creer que has dicho esa frase con la mente limpia y pura, ¿verdad?

- Hombre, igual colaba.

Él me besó de nuevo, jugando con sus dedos en mi espalda. Me apretó contra él para abrazarme después.

- Lo sabía desde el principio, Lynn.

Le miré confusa.

- ¿¿Que veníamos aquí??

Él sonrió.

- No, eso ha sido una auténtica sorpresa.

- Entonces qué…?

Se deshizo de su ropa, causándome una ola de calor repentino muy innecesaria en aquel momento. Cuando metió los pies en el agua sus piernas desparecieron, dejando en su lugar una enorme cola de pez, realmente bonita ante aquella luz. Era raro porque en mi puñetera vida habría pensado yo que iba a utilizar la palabra “bonita” para referirme a una parte de un pez. Pero sí, realmente lo era. Con todas sus escamas.

Entonces lo entendí. Me dio en toda la cara.

- Ijon…

Él se asomó, a un par de metros de las escalerillas por las que los cuidadores accedían al agua. La sonrisa le iba de oreja a oreja. El muy cabrón… Seguro que me había leído con la magia pecera esa que llamaba a Marcus como por megafonía. Una tortuga marina parecía querer jugar con él. Como a un tiburón le diese por tener la misma idea iba a estar entretenido.

Y yo le acababa de llamar por su nombre.


- Lo sé, Lynn. 

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