lunes, 17 de abril de 2017

Apocalipsis

El entrenamiento siempre era excesivamente duro, pero aquella noche, Evan estaba llevándolo a un nivel completamente nuevo para Laia. En el fondo no era para menos. Aquel no era el mundo en el que habían nacido... Desde que la guerra estalló, nada fue igual. Lo que en un principio parecía un conflicto humano más, dio paso a una guerra mundial en la que nadie salió bien parado. Sin conocimiento alguno, llegaron las armas biológicas, dando lugar a un virus que arrasó con la mayor parte de la población. Ahora sólo quedaban unos pocos, algunos reunidos en grupos de defensa, otros solos, vagando por ciudades desoladas. Y ni si quiera eso era lo peor. El mayor temor del ser humano se cumplió. El virus mutó en el interior de los cadáveres que se amontonaban en las ciudades, contagiando a los humanos que quedaban en los alrededores. Esto dio lugar a una enfermedad que terminaba con toda conciencia y convertía a sus víctimas en auténticos salvajes, inmunes a todo excepto a la plata. El temido apocalipsis zombie se había producido.

Evan había preparado una vieja residencia universitaria como centro de operaciones de un grupo de supervivientes. Tanto él como su hermana Faith eran soldados severamente entrenados que habían logrado salir de su ciudad y llegar a lo que en un principio era un lugar seguro. No tardó en ser infectado, como el resto del país, pero logró construir un lugar en el que entrenar y sobrevivir. Allí iban aceptando a los pocos supervivientes que iban encontrando durante sus salidas. Entre ellos, estaba Laia. Evan la encontró refugiada en la biblioteca de la residencia, no era más que una civil, una bibliotecaria especialmente entregada a su trabajo. Pero de alguna forma había logrado mantenerse con vida desde que el virus mutó. Hacía varios meses que vivía en la residencia y él era increíblemente duro con ella. Los entrenamientos eran feroces, y durante los primeros días no había un recoveco en el cuerpo de la chica que no tuviese una herida. Pese a que aprendía rápido, Evan la exigía más y más cada día.

- No puedo más, Evan. -dijo Laia perdiendo la postura y desmoronándose contra la pared del gimnasio en la que la tenía acorralada.

- En una pelea no te van a conceder un tiempo muerto, Laia. Esos seres son letales, rápidos. Un descuido y te convertirás en uno de ellos.

- Lo sé, no soy estúpida. Pero llevamos más de cuatro horas entrenando. Y no sé qué te pasa hoy, pero estás aún más violento de lo normal.

- ¡Lo que me pasa es que no estás intentándolo, Laia! ¡A veces parece que quisieras morir ahí fuera, maldita sea!

- Tienes que estar de broma... -dijo ella frotándose el brazo. La había agarrado tan fuerte durante la pelea que seguro que ya estaba saliéndola un moratón- ¡Te sigo el ritmo como puedo, Evan! Yo no soy un soldado, ¿recuerdas? Soy una maldita bibliotecaria, ¡pregúntame lo que quieras, de cualquier cosa, y te responderé! Pero mi cuerpo… -la chica tiró la toalla con la que se había secado el sudor al suelo- No da para más.

Evan observó como la morena salía del gimnasio con las lágrimas agolpándose en sus ojos. Laia jamás lloraba en público. Desde que estaba allí, lo único que tenía para todo el mundo, eran sonrisas, historias, cuentos con los que distraer a los demás del miserable destino en el que habían coincidido. Sólo una vez, Evan la cogió con la guarda baja. Lo recordaba bien, porque el momento se había quedado grabado a fuego en su alma. Laia llevaría con ellos poco más de dos semanas cuando, una noche, él bajó al gimnasio. Era su desahogo cuando no podía dormir, entrenar. Más fuerte, más duro, más implacable. Pero aquella vez, no estaba solo. La chica se hallaba en un rincón cerca del ventanal rodeado de plata. Estaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas mientras lloraba. Por una vez, el soldado no dudó. Se acercó hasta ella y sin decir ni una sola palabra, la abrazó contra su pecho. Fue en aquel momento cuando lo comprendió. Todas las sonrisas, la alegría con la que Laia les contagiaba no era gratuita. Ella se la entregaba gustosamente y, a cambio, se quedaba con la tristeza. Con la ira, la ansiedad, el miedo… Ninguno de los dos dijo nada hasta que les separó el amanecer. Y entonces, Laia se levantó secándose las lágrimas y, tras rehacerse la cola de caballo que siempre llevaba, se puso en posición de defensa. Su entrenamiento siempre empezaba al alba.

- Ya apenas sonríe.

Faith sacó al soldado de su ensimismamiento. Al parecer, su gemela llevaba un rato observándole, apoyada en una de las espalderas del gimnasio.

- No tiene que hacerlo. -respondió él- Solo tiene que sobrevivir.

- No lo ves, ¿verdad?

Él la miró sin entender mientras ella se incorporaba y se dirigía al arcón de las armas.

- Nos estamos convirtiendo en ellos. -dijo Faith lanzándole una espada a su hermano y haciéndose con otra.

Eran soldados. Si tenían que mantener una conversación complicada a corazón abierto, tendría que ser peleando.

- ¿Qué estás diciendo, Faith?

- ¿Hace cuánto tiempo que no sonríes, Evan? ¿Hace cuánto que no haces algo que no sea solo sobrevivir? Pelear. Entrenar. Buscar alimento. Protegernos a todos.

A cada frase, Faith lanzaba un golpe a su hermano que él detenía sin esfuerzo. Sus comienzos siempre eran igual. Una especie de danza de calentamiento.

- Es lo que debemos hacer. ¿O qué pretendes? ¿Que demos fiestas y bailemos? No sabía que tenías tantas ganas de morir, Faith.

Sus golpes comenzaron a endurecerse. Su hermana sonrió. Si Evan tenía un defecto en el combate cuerpo a cuerpo, era la facilidad con la que le dominaba su temperamento. Afortunadamente en una auténtica lucha, eran pocas las veces que se mantenía una conversación mientras tratabas de atravesar a alguien con una espada.

- Quizá sea mejor que esto.

Aquello descolocó completamente al soldado.

- Fatih…

Ella aprovechó y consiguió desarmarle, pero él ya no estaba preocupado por su pelea.

- ¿Por qué no se lo dices?

- Fatih.

- Somos gemelos, Evan. ¿De verdad crees que no he visto la forma en que la miras cuando crees que nadie te ve?

Evan se pasó una mano por el cuello, frotándose sin poder evitar notar la tensión que acumulaba.

- Eso no tiene importancia.

- O quizá sea lo único que la tenga ahora. -dijo ella tirando su espada- En serio, ¿de qué coño sirve todo esto? Mañana podrían bombardearnos los militares, o podrían infectarnos. Moriríamos y lo haríamos así… -dijo señalándose a sí misma- Cansados de vivir. Envejecidos. Solos.

Él suspiró, pero Faith evitó que la interrumpiera.
- Tú podrías morir enamorado, Evan. Podrías morir por algo que merece realmente la pena. Sabiendo que has dejado tu huella en alguien.

- No.

- ¿No?

- No puedo hacerla eso, Faith.

- Evan…

- ¡No! Joder Faith, ¿es que no lo ves? ¿Qué crees que pasaría si ella lo supiese y nos atacaran? Se preocuparía más por mí que por su propia vida. -se acercó a su hermana- La conoces. Si me viese en peligro, ella…

Faith soltó una carcajada irónica.

- ¿Es que acaso piensas que si algo así ocurriese hoy, ella no reaccionaría de la misma forma?

Él se quedó callado, mirando a su hermana con incredulidad.

- No entiendo cómo has sobrevivido 29 años estando así de ciego, hermano. Incluso comportándote como un capullo con ella, Laia está loca por ti. Personalmente no lo entiendo, pero…

- Tengo que ser así, Faith. Necesita mejorar.

- ¡La chica era bibliotecaria por el amor de Dios! Jamás había dado un puñetazo y en un par de meses ha sido capaz de causarte heridas bastante serias.

- No es suficiente.

- Te aterroriza que muera.

Evan calló, evitando la mirada de su hermana. Su silencio habló por él.

- Tiene derecho a saberlo, Evan. Los dos lo tenéis.

- Es mejor así.

- ¿Y si ella muriese mañana?

- Faith, no.

- Es una opción, Evan. ¿No crees que merecería saber que muere siendo amada? Que alguien la quiere, que la echará de menos… Que ha cambiado la vida de alguien más.

Los ojos de Faith se llenaron de lágrimas.

- Faith…

- No cometas el mismo error que yo.

Evan vio a su hermana salir del gimnasio limpiándose las lágrimas. Sabía que Faith no había superado el hecho de no haberse sincerado con Anna. Ella la quería muchísimo, pero nunca llegó a decírselo por miedo. La joven murió en sus brazos antes de que pudiera confesárselo, y era algo que la perseguía a diario.

Una vez más, el soldado se permitió pensar en Laia. En aquella única vez que la tuvo entre sus brazos, frágil, sin máscaras, ni estúpidas sonrisas de cortesía. Sólo ella dando rienda suelta a su dolor y su miedo.
Se levantó con decisión. No lo pensó más, si lo hacía se echaría atrás. Y por una vez, por una sola vez en su vida, sería egoísta.
Fue hasta el dormitorio de Laia y llamó a la puerta con timidez.

- Pasa.

Al abrir la puerta, Evan vio cómo se limpiaba una lágrima.

- Pensé que era Faith.

Él sonrió.

- Necesito hablar contigo.

Laia suspiró.

- No necesito un discurso sobre la necesidad de sobrevivir, y tampoco una valoración que confirme que soy una inútil. Todo eso ya lo sé.

Evan tragó saliva y comenzó a frotarse el cuello. Decididamente, tenía un don para elegir los momentos oportunos…

- No… -se aclaró la garganta, visiblemente nervioso- No es nada de eso, Laia. Es algo personal.

Ella le miró con la confusión claramente escrita en sus ojos grises.

- ¿Puedo pasar?

Laia asintió, poniéndose de pie mientras el soldado avanzaba. Faith pasó por delante de la habitación de la chica en el momento en el que su hermano la cerraba. Una sonrisa asomó a sus labios mientras miraba el brazalete del que nunca se separaba.


- Te quiero, Anna. 

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