sábado, 22 de abril de 2017

Silencios

Podría decirse que terminaron conociéndose por casualidad, pero fue más que eso. Llevaban todo un año encontrándose continuamente, misión tras misión. Ella, una cazarrecompensas que operaba siempre en el límite de lo legal. Él, un reconocido periodista que trabajaba con la policía de forma ocasional. Solía infiltrarse entre miembros de la mafia, bandas de la calle, empresas clandestinas… Cualquier cosa que pudiera proporcionarle una buena historia. Su privacidad era su mejor baza como periodista. Todo el mundo había oído hablar de él, pero nadie era capaz de ponerle cara. Excepto ella.

La primera vez que coincidieron, descubrió su tapadera en menos de dos minutos. El trabajo de cazarrecompensas no era sencillo, y una de las claves de su supervivencia era saber calar a la gente. Ella supo que él no era quién decía ser al instante. Pero no era de su incumbencia, así que lo dejó pasar. Aquel trabajo fue sencillo, no tardó en llevar al líder de un intento de banda callejera al jefe de policía que había puesto precio a su cabeza.

La segunda vez, ambos se fijaron el uno en el otro.

La tercera, comenzaron a sentirse como viejos conocidos.

La cuarta, pasaron horas buscándose. Ya no coincidían, se esperaban.

Y todo esto sin haber intercambiado una sola palabra.

No pasó mucho tiempo hasta que el jefe de policía le habló de ella. En su próxima misión, él tendría que conseguir acercarse todo lo posible al padrino de una antigua mafia. No iba a ser fácil. El sujeto era increíblemente desconfiado, e iba a ser necesaria una auténtica prueba de lealtad para que confiase en él. El jefe de policía sabía que el viejo llevaba meses detrás de la cazarrecompensas, así que trabajarían con ella para ponerla a su servicio. En realidad, lo que el viejo padrino quería era que la chica trabajase para él, cazando a sus enemigos al igual que cazaba ladrones para la policía.

Ella aceptó. La suma de la recompensa si conseguían atrapar al viejo era cuantiosa. Y ella era excepcionalmente buena en su trabajo.

Pero costó muchas horas. Muchos servicios de vigilancia, noches enteras en el coche, esperando, observando.

Horas que pasaron juntos en el más absoluto silencio. Ninguno de los dos era conocido por su don de la palabra. Ambos eran reservados y preferían observar y escuchar a llenar el silencio de palabras vacías. No tardaron en descubrir que sus gustos eran realmente afines, aún sin tener que compartir esta información. Los dos pasaban el rato en el coche leyendo, a menudo los mismos títulos, y la única norma que se pusieron fue que se turnarían para controlar la música. Pronto descubrieron que no era necesario. Las miradas intrigadas cuando uno ponía un grupo que el otro adoraba desde hacía años fueron recurrentes. En un par de días comenzaron a prestarse los libros. “¿Te importa?” era la frase que más repetían en esas largas horas para tomar prestado uno de los libros del otro.

Los silencios eran permitidos. Cómodos. Incluso buscados.

Conocían el nombre del otro por habérselo oído a terceras personas, y aun así, sabían mucho más de lo que cualquiera que les viese podría pensar.

A él se le pasaban las horas mirándola mientras leía, completamente sumergida en la historia que contaban las palabras entre las que él mismo se había perdido un par de días atrás.
A ella le gustaba mirarle cuando escuchaba una canción que realmente disfrutaba. La vivía, y la gustaba que cerrase los ojos para empaparse de cada nota, cada palabra.

La misión duró un par de semanas más de lo previsto, pero consiguieron su objetivo. La chica cobró la generosa recompensa. Él publicó una crónica que le otorgó varios premios por su investigación.

Un par de meses después, volvieron a encontrarse en una misión. De nuevo, no hubo palabras entre ellos. Sus ojos se encontraron en uno de los últimos clubs de moda. Él supo de inmediato que ella estaría allí, a la caza de un joven comerciante de armas. Ella asintió levemente cuando le vio allí, reconociendo su presencia.

Lo que ninguno sabía era la forma en la que se habían estado buscando el uno al otro en las últimas semanas. En cada caza, ella había registrado los lugares en su busca. En cada reportaje, él esperaba encontrarla yendo tras el fugitivo del momento.

Se encontraron en mitad de la pista de baile, sin haber sido premeditado. Él había comenzado a caminar a su encuentro y, al parecer, ella había tenido la misma idea. Allí, en el medio de una multitud que bailaba al son de la música, estaban ellos dos. Quietos. Mirándose. Y, una vez más, sin hablar.

¿De qué sirven las palabras, cuando las miradas son capaces de transmitirlo todo si se presta atención? Y otra cosa quizá no, pero ellos eran grandes observadores. Prácticamente profesionales.

Se acercaron poco a poco. Ambos veían su deseo reflejado en el otro, pero era algo tan poco común, que ninguno estaba totalmente seguro de estar en lo cierto.

Pero lo estaban. En el momento en el que las manos de él acariciaron su cadera, ella terminó con el espacio que los separaba. Fue sorprendente como aquel primer beso entre ellos fluyó como si lo hubiesen practicado mil veces. Cualquiera de los allí presentes hubiese jurado que aquellos dos llevaban toda una vida juntos. Fue tierno y pasional a la vez. Dulce, pero increíblemente erótico. Lento, aunque pareció efímero.

En el momento en el que ella sintió la pared contra su espalda, puso su mano entre los cuerpos de ambos para coger aire y mirarle a los ojos. Ni siquiera tuvo que decirlo en voz alta. Él tomó su mano y salieron juntos del club para poner rumbo al coche en el que habían pasado tantas horas juntos. Durante el camino no hablaron. Nada de “¿dónde has estado todo este tiempo?”. Ninguno dijo “te he estado buscando”. No tenía sentido pronunciarlo en voz alta.


Ambos lo sabían. Porque nadie les entendía, pero ellos se comunicaban a la perfección.

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