lunes, 29 de mayo de 2017

Reina del Infierno

Caym llegaba tarde. Era un maldito defecto que detestaba enormemente y para mi desgracia había pocos demonios que destacasen por su puntualidad. La excusa de tener toda la eternidad por delante me repateaba y la inmensa mayoría empezó a tomárselo en serio cuando envié a uno de los suyos a pasar su infravalorada eternidad al fondo del mar. Pero el puñetero Caym no era uno de ellos. A él le importaba una mierda que yo fuese la reina del maldito Infierno.

No es un título fácil de conseguir, menos aún de mantener. Entre los nuestros abundan los avaros, envidiosos y traidores y cada día debía sacarme un puñal diferente de la espalda. A veces literalmente. Además, había un pequeño detalle que mi comunidad no perdonaba y era el hecho de que yo fuese humana.
En condiciones normales, la idea de que un humano dirigiese el Infierno era poco más que un chiste malo. Pero mis condiciones nunca tuvieron nada de normal.

Si juntas a una yonki con un joven psicópata en serie, una de cada mil veces nace un bebé con un destino más bien trágico. Vine al mundo de milagro, con una severa adicción a la heroína y una maldita enfermedad sin cura. Me recogieron de un contenedor, y pasé 8 años de un hospital a otro. Me trataron como supieron, pero jamás vi comprensión, ni siquiera esperanza en los ojos de los que me cuidaron. Sólo era un estorbo, ocupaba una valiosa cama y gastaba medicinas y comida que podía necesitar un niño al que alguien quisiera, que mereciera la pena salvar en realidad. Nadie mencionó jamás que en algún momento alguna familia pudiese adoptarme. ¿Quién querría una criatura rota?
Así que a los 8 años decidí quitarme la vida. No fue una estupidez pensada porque “oh que pena nadie me quiere y no tengo familia”. Iba mucho más allá. Creo que nunca fui una niña en realidad, siempre fui únicamente un ente enfermo. Entendía perfectamente la gravedad de mi acto, pero ¿qué importaba? Cualquiera pensaría que una niña tenía aún toda su vida por delante, mil cosas por hacer, descubrir y vivir. Pero yo no las tenía y era perfectamente consciente de ello.

Cuando oyes como tu madre se folló a un psicópata por un chute, cuando parte de tu historia es que tu padre despellejó viva a tu madre y la tiró en una cuneta creyéndola muerta, cuando las enfermeras cuentan como tu madre (al no tener ni el dinero ni el valor de deshacerse del bebé que esperaba) siguió vendiéndose a cambio de su adorado caballo, cuando eres consciente de que te tiraron a la basura más cercana aún ensangrentada…

El síndrome de abstinencia me perseguiría siempre al igual que la maldita enfermedad. No había ningún futuro para mí. En 8 años ningún humano se había apiadado de mí. Ninguna enfermera me había dedicado un gesto de cariño, una sonrisa amable, un “todo saldrá bien”. Si no se habían compadecido de un indefenso bebé, ¿qué esperanza había después? Por eso no me tembló el pulso cuando me clavé en el pecho una jeringuilla que había robado a una enfermera un par de días antes. Me cuidé de entender bien que su contenido, en una gran dosis, sería mortal para mí. Y no sentí paz, pero sentí alivio. Porque al fin dejaba de ser un problema.

Fue entonces cuando le conocí a él. Muerte vino a buscarme en persona. Por aquel entonces yo no tenía ni idea, pero era excepcionalmente raro que fuese él quien recogiese el alma. Por lo general, sus súbditos eran los que se encargaban de ese trabajo, las conocidas parcas. Pero vino a por mí.
Recuerdo su mirada contrariada, como si algo no hubiese salido como él esperaba. Yo le identifiqué al instante. No sabía exactamente quién o qué era, pero sabía por qué estaba allí. Bajé de la cama, dejando allí mi cuerpo y me acerqué a él sin miedo.

- Aún tenías vida por delante. -fue lo primero que me dijo.

- No. No la tenía. Nunca la tuve.

Aún hoy sigo dudando de qué es lo que hizo que Muerte me eligiese a mí. Pero lo hizo. No se deshizo de mi alma, sino que me otorgó forma física. Todo el mundo en el círculo del Infierno pensaba que se había vuelto loco, al menos los pocos que se atrevieron a manifestarlo en voz alta.

Al tomar mi alma, Muerte me dio a elegir. Era algo inaudito, jamás se lo había planteado y ni siquiera estaba seguro de que aquello fuese a funcionar. Se ocupó de que, pese a mi corta edad, comprendiese bien el peso de aquella decisión. Podía ir al cielo. Aquel paraíso que un puñado de curas llevaba vendiéndome desde que tenía uso de razón. De hecho, si hubiese sido recogida por cualquiera de sus parcas, ése habría sido mi destino. Sin embargo, él me dio una alternativa: el Infierno. Él me entrenaría, con el tiempo perdería mi humanidad y sería uno de ellos.

Por retorcido que parezca, entendí que en el fondo estaba intentando apartarme de los humanos, de una raza incapaz de compadecerse de uno de los suyos en su estado más puro e indefenso. Le comprendí. Y cuando habló de entrenarme, también entendí lo que conllevaría esa decidión.

Y acepté.

Y con el tiempo me convertí en uno de los seres más prolíficos del Infierno. Era rápida, cruel, precisa y no tenía ningún tipo de escrúpulo al realizar mis cometidos. Por supuesto, ser la protegida de Muerte me dio ciertas ventajas allí abajo pero todo a lo que he llegado lo he pagado en sangre. Mi entrenamiento fue duro y estricto. Para torturar, has de saber el dolor que estás provocando… Y yo era la mejor torturadora del Infierno.

El caso es que, pese a haber conseguido todo lo que Muerte había querido para mí, aún había un problema que nos traía a todos de cabeza: seguía siendo jodidamente humana. Años de asesinatos, torturas, traiciones, millones de almas humanas recolectadas… Y mi alma seguía intacta. Muerte no se lo explicaba. A estas alturas, ya debía ser un demonio con todas las de la ley. Pero parecía que mi humanidad no estaba dispuesta a irse a ningún sitio.

Dentro del Iniferno, contaba con muy pocos aliados de verdad. Caym estaba entre ellos. Era uno de los demonios más poderosos del Infierno y también de los más sabios. Cuando le conocí, a menudo le preguntaba por qué no dirigía él todo aquello, pero siempre me decía que no estaba interesado. Comandar sus legiones ya le llevaba demasiado tiempo. Aun así, se ocupó de educarme y entrenarme en numerosas artes de las que ningún humano ha oído hablar jamás.

Pero su puñetera impuntualidad…. ¡Tropecientos mil años y no es capaz de seguir ni una maldita norma social!

Con un último vistazo al reloj, decidí prepararme un café. Al acercarme a la zona de mi despacho en la que guardaba todo lo necesario, y lo innecesario también, para preparar cualquier café que pudieras imaginar, me eché un vistazo en uno de los espejos que adornaban las columnas. Los años habían pasado, y la forma física que Muerte me concedió se había estancado hacía décadas en la bonita figura de una mujer de unos 27 años. A mí me gustaba pensar que ésa era la forma que habría tomado mi cuerpo si hubiese nacido sana. Una tonalidad de piel uniforme y saludable, sin manchas ni ese color cetrino desagradable. Una bonita melena oscura cuyos mechones no se caían cuando pasaba mis dedos por ella, uñas sin resquebrajar, una dentadura bonita… En general era un aspecto del que nadie huiría, pero tampoco haría que la gente se detuviese al pasar. Muerte se ofreció una vez, tan sólo una, a mejorar mi aspecto para que me pareciese más al tipo femenino que abundaba por el Infierno. Exhuberantes, de belleza perfecta, rasgos simétricos y maravillosos ojos violeta. Pero rechacé la oferta, y cuando lo hice creí ver un atisbo de orgullo en su mirada. Él tampoco era común. Había dejado que su forma física envejeciera porque le parecía que le concedía un aspecto “más interesante”. Era la Muerte, no necesitaba atraer a nadie con una maravillosa forma física. Tarde o temprano, todo el mundo terminaba buscándole a él.

En ésas me encontraba, esperando que mi café terminase de hacerse y disfrutando del olor que invadía mi despacho, cuando las puertas se abrieron de par en par dejando que unas preciosas alas negras apareciesen antes que el rostro de su propietario.

- ¡Ahoy!

Miré impasible al demonio que tenía delante de mí.

- Cómo te gusta montar el numerito, de verdad. -dije mientras echaba el café en una taza y añadía el azúcar- ¿Y a qué viene el “ahoy”?

- He estado viendo pelis de piratas y me parecía adecuada la presentación.

Puse los ojos en blanco.

- Guárdate las alas de mirlo, y siéntate. Y llegas tarde.

- Lo sé. -dijo él con media sonrisa.

- Como una hora tarde.

- Lo sé.

- Tienes una sesión de tortura, y tenemos que hablar de…

- Sí, sí, si su alma es uno de los nuestros en potencia, si va directa al foso, lo de siempre. ¿No vas a darme un poco de ese café?

Cualquiera pensaría que un gran comandante del Infierno, líder de treinta legiones de demonios y considerado uno de los grandes sabios de los siete círculos sería alguien un poco más serio y cabal.
Cualquiera que no le conociese. Cuando Muerte me llevó ante él, lo primero que hizo fue llamarle loco. Esto es una prueba del grado de relación existente entre ellos, ya que cualquier otro demonio, habría muerto sin haber terminado de pronunciar aquella frase. Me costó mucha sangre y largas horas de tortura ganarme la confianza y el respeto de Caym, que viese en mí algo más allá de mi maldita humanidad. Y a medida que fui creciendo, su carácter fue cambiando. Hasta llegar al día de hoy, donde me trata con la misma familiaridad que a mi protector.

Maldita la hora.


- No. Ahora escúchame, porque tenemos mucho trabajo por delante…

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