viernes, 16 de junio de 2017

Reina del Infierno. II.

Capítulo 2

La mayoría de la gente piensa en las salas de tortura del Infierno como los típicos túneles cochambrosos llenos de celdas. Descuidado, sucio, húmedo, con la sangre de las víctimas por las destartaladas paredes, su olor inundándolo todo y los gritos ensordeciendo el lugar.

Nada más alejado de la realidad.

Nuestras salas son grandes y luminosas, impersonales y casi todas ellas blancas. Así la tarea de limpieza y desinfección es mucho más rápida. Y sí, las salas se limpian y desinfectan perfectamente tras cada sesión de tortura. Antiguamente, muchas víctimas morían antes de lo deseado al contraer numerosas infecciones y enfermedades fácilmente evitables con una limpieza adecuada. Y teniendo en cuenta que las torturas no siempre debían terminar en muerte, esto era un problema. Afortunadamente, con el tiempo el Infierno se modernizó. Yo personalmente me he encargado de que las limpiezas sean exhaustivas. Después de pasar interminables horas en aquellas salas, sabía de primera mano las necesidades de ambas partes, torturados y torturadores. Y era una clara ventaja conocer ciertos rincones del Infierno, sobretodo cuando reinaba sobre el mismo.

El ascensor que comunicaba mi despacho con cada uno de los círculos me resultaba demasiado rápido cuando tenía que asistir a ciertas reuniones. Un claro ejemplo eran las reuniones con los crossroads demons*. Detestaba esas reuniones porque, por lo general, eran largas, tediosas y siempre se saldaban con un par de decapitaciones. La mayoría de estos demonios eran viejos. Muy viejos. Sabían lo que se hacían, llevaban francamente mal las críticas y se negaban a entrenar a nuevas generaciones. Y por supuesto, a mí me tomaban por el pito del sereno. No sólo era descaradamente joven, encima era humana. ¡Humana! Les daba absolutamente igual mi curriculum, o que hubiese sido entrenada por Caym y Muerte en persona. Al mirarme lo único que veían era un alma, un humano, lo más bajo del escalafón. Esto conllevaba que siempre hubiese un par de tipos que intentaba pasarme por encima. Y esos tipos nunca llegaban a cruzar la puerta de salida.

Si algo aprendí pronto era que, como reina del Infierno, era mucho mejor infundir miedo que respeto. Mi apariencia no ayudaba mucho con ninguna de las dos cosas, pero para eso tenía mi pequeña y retorcida mente, como le gustaba recordarme a Muerte. El Infierno está lleno de reglas y tradiciones absurdas a las que todos han de atenerse. Pero, tal y como recalcaban tan a menudo, yo no era un demonio, así que dichas reglas no se me aplicaban de la misma forma. Como consecuencia, no sabían que esperar de mí. Una salida de tono podía significar semanas de tortura, la muerte, o el destierro. Antes sabían a lo que atenerse, pero conmigo la cosa había cambiado. Y la incertidumbre infundía miedo mucho mejor que una horda de cerberos hambrientos.

Pero antes de eso, perdí la cuenta de las veces que intentaron acabar conmigo. En su momento, Muerte otorgó a mi forma humana la invulnerabilidad. Digamos que mi “vasija”, cómo ellos llaman a sus formas humanas, es igual de resistente que la de uno de ellos. Las armas mortales no me dañan. Puedo desangrarme y seguir viva, soporto mutilaciones, infecciones, quemaduras de todo tipo y envenenamientos. Pero no muero. Aunque duele de cojones.
Ésa es otra de las razones por las que el miedo comenzó a hacerse un hueco entre mis compañeros. Como ya he dicho, no hay nada que infunde más miedo que el desconocimiento y a ojos de todos, yo era inmortal. Probaron las armas, la magia y más hechizos de los que puedo enumerar. Pero no era un demonio. Nada funcionó. Yo sigo aquí, y los que intentaron acabar conmigo no pueden decir lo mismo.

El ascensor bajó hasta la segunda planta, el círculo de los crossroaders. Al contrario de lo que la creencia popular ha ido pasando a lo largo de los años gracias a la divina comedia de Dante, el Infierno se divide en lo que denominamos los siete círculos. Esto no significa que bajo tierra tengamos siete plantas bastas y enormes en las que torturamos a las almas que tienen la desgracia de unirse a nosotros durante la eternidad. Bueno, el tema de la tortura sí lo es, pero nuestro sistema de orden es bastante menos caótico de lo que todos piensan. Centrándonos en este planeta, tenemos oficinas repartidas por todos los puntos del globo. Hay ciudades que exigen más trabajo, y otras en las que con una oficina nos arreglamos bien. Por poner un ejemplo, en Las Vegas tenemos más de 150 oficinas repartidas por la ciudad. Si diese a mis subordinados un día libre, habría más demonios que humanos. Pero no la llaman la ciudad del pecado por nada…

Cada planta se dedicaba a un tema de gestión diferente, y el modelo de las instalaciones se repetía de forma idéntica en cada ciudad. Siete círculos, siete plantas. Nada de torturar a las almas de los pecadores según el pecado cometido, eso perdió su eficacia eones atrás. Ahora todo el mundo pecaba de mil formas diferentes, y nadie se limitaba a ser avaro, lujurioso o soberbio. Ojalá, aquella forma de trabajo ahorraba cantidades ingentes de papeleo. Pero ahora la cosa había cambiado completamente. Los tiempos cambiaban y la forma de gobierno del inframundo debía cambiar también. A día de hoy no podías juzgar un alma y condenarla a una eternidad de tortura y sufrimiento por disfrutar del sexo antes del matrimonio, por ejemplo. La sociedad cambiaba, las mentes se abrían y evolucionaban. Y también lo hacíamos nosotros. ¿Cómo íbamos a perder el tiempo encarcelando a las almas que envidiaban lo ajeno, cuando había depredadores sexuales que gracias a la maldita redención se iban de rositas? 
Mi primer gran cambio al hacerme reina fue cambiar toda esa patraña del arrepentimiento. Algunas almas, casi todas prácticamente puras, sí podían salvarse de esa forma. No sé, ladrones, avaros, algún que otro asesino siempre y cuando se juzgase dicho acto… Todo eso pasaba la línea de la salvación. Pero puse límites. Porque no era justo que un ser capaz de destrozar a un recién nacido disfrutase de una eternidad tranquila.
Lógicamente, esto levantó ampollas, ya que perdíamos muchas almas en el proceso. Pero en lo personal, no me interesaba llenar el Infierno de almas que no merecían estar allí. Nos quedábamos con dos tipos de pecadores: los que serían torturados y juzgados por el resto de la eternidad, y los que podían formar parte de nuestros ejércitos. Y el pase para formar parte de nuestras filas no era para nada sencillo…

Miré mi reloj. Aún faltaban un par de minutos para que comenzase la reunión con los demonios y, por supuesto, ninguno de ellos había aparecido aún.
Pero el que, para mi inusual sorpresa, sí que se hallaba allí, era Caym. Eso disparó todas mis alarmas.

- El Infierno va a congelarse.

Él se pasó una mano por pelo. No era un gesto nervioso, ni tampoco despreocupado sino pura vanidad. Le gustaba revolvérselo de cuando en cuando, porque le parecía que daba la impresión de que venía de pelear mano a mano con sus legiones.

Y también le daba un segundo extra para contraatacar con alguna salida ingeniosa.

- Todo un siglo recriminándome mi impuntualidad… y esto es lo que obtengo por ser un chico bueno? – chasqueó la lengua-  No me extraña que tengamos una lista de esperar por entrar aquí.

Le miré a los ojos, dejándole claro que no era momento para bromas. Desde mis habituales botines de tacón aún me sacaba algunos centímetros, pero no los suficientes como para hacerme sentir inferior. 
Eso no lo conseguía ningún demonio ni yendo completamente desnuda.

- ¿Qué pasa, Caym?

Él suspiró negando con la cabeza, como si aquello no fuese importante.

- La reunión va a ser complicada.

- ¿Y cuándo no?

Caym me miró a los ojos con una intensidad que no deparaba nada bueno.


- Van a ponerte a prueba, Echo.






*crossroad demons: literalmente "demonios de los cruces de caminos". Se supone que son los encargados de realizar tratos con seres humanos y son invocados mediante rituales que se llevan a cabo en los cruces de caminos. Draven, entretiene e informa! xD

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